Omar Salinas Silva – Director de Ingeniería Civil Informática Advance UNAB
Durante décadas, internet resolvió uno de los grandes desafíos de la humanidad: democratizar el acceso al conocimiento. Nunca habíamos tenido tantas fuentes, tantas opiniones ni tanta capacidad para aprender de otros. Sin embargo, mientras el volumen de información crece de forma exponencial, surge una pregunta más compleja: ¿cómo sabemos de dónde proviene aquello que consumimos y por qué deberíamos creer en ello?
La inteligencia artificial ha transformado radicalmente la forma en que se produce conocimiento. Hoy puede generar textos, imágenes, videos, análisis e incluso software en cuestión de segundos. La discusión ya no es si las máquinas pueden crear, sino qué ocurre cuando resulta cada vez más difícil distinguir entre una experiencia humana y una producción sintética. Durante siglos, la credibilidad no dependió únicamente de los hechos expuestos, sino también de la experiencia, la trayectoria y la responsabilidad de quien los comunicaba.
Ese vínculo comienza a cambiar. Los modelos actuales son capaces de producir resultados convincentes sin haber observado el mundo ni experimentado aquello que describen. Su capacidad proviene del reconocimiento de patrones en enormes volúmenes de datos, no de la comprensión directa de la realidad. El resultado puede ser útil, preciso e incluso valioso, pero su origen es diferente.
Esto no significa que todo lo producido por una persona sea confiable ni que una herramienta basada en IA esté necesariamente equivocada. Las personas pueden errar y los algoritmos pueden aportar análisis relevantes. El desafío es otro: determinar qué información puede verificarse, qué evidencia la respalda y cuál es su procedencia.
La gran paradoja de nuestra época es que la capacidad de generar contenido se está democratizando justo cuando la autenticidad comienza a escasear. Si la información es abundante y cada vez más fácil de producir, el verdadero valor estará en acreditar su origen. No es casualidad que gobiernos, universidades y empresas tecnológicas trabajen en mecanismos para certificar identidades y rastrear la procedencia de aquello que circula en el entorno digital.
La verdadera transformación de esta tecnología no es que las máquinas puedan crear. Es que nos obliga a recordar que el conocimiento nunca dependió solo de la información, sino de la confianza. Y en un mundo donde casi todo puede generarse automáticamente, la credibilidad podría convertirse en el recurso más valioso de todos.





















