“Lo que pasa es que la gente se acostumbró a no tener un aire limpio para respirar. Hay conciencia, pero también mucha normalización”, es el diagnóstico de Zoë Fleming, académica de la Facultad de Ingeniería de la Universidad del Desarrollo, sobre la calidad del aire que respiran los chilenos. La cual, a su parecer, no es buena, pues 60% de los chilenos vive en lugares donde el aire supera la norma anual de contaminación por material particulado fino (MP2,5).
Si bien recientemente se dio a conocer el balance del periodo de Gestión de Episodios Críticos de la Región Metropolitana, que muestra que el 2026 se registró la menor cantidad de horas con episodios críticos desde 1997, y evidenció que la exposición a altos niveles de material particulado fino disminuyó un 69% durante el periodo de peores condiciones de ventilación de la capital, según Fleming, esa mejora estuvo influida por factores meteorológicos. “Julio y agosto tuvieron mucha lluvia y viento, lo que redujo significativamente la contaminación, pero todavía la calidad del aire en Chile no es buena, especialmente en invierno”, sentencia.
Ante todo, las condiciones climáticas son solo una parte de la ecuación y las fuentes de contaminación y elementos que la componen varían según el territorio, por lo que no todos los chilenos respiran el mismo aire. Fleming, quien también es investigadora del Centro de Investigación en Tecnologías para la Sociedad (C+) de la UDD, explica que las zonas más contaminadas del país son la capital, por la cantidad de personas que allí viven y sus actividades diarias, y el sur, entre las regiones de Los Ríos y Aysén, producto de la combustión a leña y la ubicación de las ciudades con periodos de baja ventilación. Todos son factores que empeoran durante los meses fríos, pues las personas buscan calefaccionar sus casas y se movilizan más en auto para evitar, por ejemplo, las lluvias.
En el norte, la actividad minera tiene una influencia importante en la contaminación atmosférica, donde la presencia de metales en el material particulado del aire cobra especial relevancia pues, comúnmente en el smog, los componentes que predominan son gases como el ozono y el dióxido de nitrógeno, siendo este último el que le da principalmente el color café a la nube que se sitúa sobre las ciudades contaminadas.
Con todo esto, es importante destacar que las consecuencias de la contaminación no son solo ambientales ya que, a corto plazo, el contacto prolongado con aire contaminado puede provocar dificultades para respirar, irritación ocular, dolores de cabeza y un aumento en las consultas médicas por problemas respiratorios y cardiovasculares. Y los efectos más preocupantes son los de largo plazo, pues incluyen enfermedades pulmonares, cardiovasculares e incluso distintos tipos de cáncer. Fleming señala que dentro de los grupos más vulnerables se encuentran las mujeres embarazadas y sus futuros hijos, debido a los efectos que la contaminación puede tener sobre el desarrollo fetal.
La batalla contra la contaminación del aire
La académica destaca que en Chile algunas de las medidas más efectivas para mejorar la calidad del aire ya están en marcha, como la reducción de quemas agrícolas, las revisiones técnicas que restringen la circulación de vehículos altamente contaminantes, la incorporación de buses eléctricos, la fiscalización del uso de leña residencial y el control de emisiones industriales.
No obstante, a su juicio, todavía existen oportunidades para avanzar, como, por ejemplo, en el fortalecimiento de la electromovilidad mediante incentivos para la adquisición de vehículos eléctricos y una mayor infraestructura para cargarlos; el impulso a sistemas de calefacción más limpios en el sur del país -fomentando el uso de gas; y la promoción de tecnologías más eficientes para climatizar viviendas. Asimismo, propone fomentar alternativas al uso del automóvil y fortalecer el transporte público, “sería bueno tener un día sin auto en el que el transporte público sea gratis”, postula.
En materia de monitoreo de la calidad del aire, Fleming sostiene que Chile no ha avanzado con los años, pues la certificación de nuevos instrumentos de medición es lenta en la legislación chilena y la inversión en tecnología tiene un alto costo. “Las técnicas que tenemos para medir gases aún son buenas, pero, en el caso de los compuestos orgánicos que hay en el aire, que se están comenzando a medir en Quintero y otras zonas industriales, se necesitan más personas capacitadas y mucho mantenimiento de equipos, por lo que todavía no tenemos datos continuos y de calidad”, puntualiza.





















