Chile es un país que sabe enfrentarse a las catástrofes. La memoria colectiva está marcada por terremotos, incendios e inundaciones que han puesto a prueba nuestra capacidad de reconstrucción. Sin embargo, existe un sismo silencioso que no hemos querido enfrentar con la misma urgencia: la crisis de la educación.

Durante más de 15 años, el sistema educativo ha sido objeto de múltiples reformas. No obstante, la brecha entre estudiantes de distintos contextos socioeconómicos no solo persiste, sino que en algunos casos ha aumentado.

Los datos son preocupantes. El Simce 2025 evidencia una diferencia superior a 50 puntos entre estudiantes de niveles socioeconómicos bajos y altos. Solo 7 de cada 100 estudiantes vulnerables de segundo medio alcanzan un nivel adecuado en matemáticas. En contraste, un estudiante de mayores recursos tiene ocho veces más probabilidades de lograr ese estándar. No se trata solo de estadísticas: son oportunidades truncadas, talentos desaprovechados y futuros condicionados por el lugar de origen.

Esta desigualdad no aparece de un día para otro. Ya en cuarto básico las brechas son visibles y, lejos de cerrarse, se amplían en el tiempo. La educación media no corrige las diferencias; las profundiza. Frente a este panorama, cuesta comprender la falta de un sentido de urgencia compartido. La educación debiera ser el principal proyecto país, aquello que une voluntades más allá de diferencias políticas o sectoriales. Sin embargo, seguimos avanzando fragmentados, sin un propósito común claro: garantizar el aprendizaje integral de todos los estudiantes.

Chile ha demostrado una y otra vez que puede levantarse cuando enfrenta una emergencia. Pero para eso necesita reconocerla como tal. Hoy, la desigualdad educativa no está siendo tratada como la catástrofe estructural que es.

La magnitud de esta crisis exige una acción real y coordinada de todos los actores: el Estado, el sector privado, la sociedad civil y, por supuesto, las comunidades educativas. Ningún sector por sí solo podrá revertir esto. La única salida posible es el trabajo en red, con metas compartidas, responsabilidades claras y una convicción profunda.

Este terremoto, a diferencia de otros, no hace ruido al derrumbarlo todo, pero debilita los cimientos del país y, cuando queramos reaccionar, puede que ya sea demasiado tarde.

Aún estamos a tiempo. Pero se agota.

Tomás Recart Director Ejecutivo de Enseña Chile

 

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