Nunca las personas habíamos hablado tanto como ahora. Vivimos rodeados de opiniones instantáneas, comentarios breves y respuestas inmediatas. Las redes sociales han convertido en una práctica cotidiana la expresión de opiniones. Sin embargo, en las aulas escolares y universitarias emerge una paradoja inquietante: muchos estudiantes hablan con facilidad, pero presentan enormes dificultades para argumentar, pues ello supone organizar ideas, sostener una postura, justificar opiniones y dialogar críticamente con otros puntos de vista.

 

Ello requiere no sólo respuestas rápidas o frases aprendidas sino claridad conceptual, escucha activa y capacidad para construir razonamientos. Precisamente allí se evidencia una de las fragilidades más visibles de la educación actual.

 

Cada vez resulta más frecuente encontrar estudiantes capaces de responder preguntas inmediatas, repetir contenidos o abordar superficialmente un tema, pero que enfrentan dificultades cuando deben defender una idea, intervenir críticamente o responder preguntas imprevistas. El problema no es únicamente lingüístico, sino más bien formativo.

 

Durante años, gran parte del sistema educativo privilegió la respuesta correcta por sobre la elaboración del pensamiento. Se enseñó a responder pruebas estandarizadas, memorizar contenidos y cumplir objetivos evaluativos, pero no siempre se ha enseñado a debatir, deliberar o sostener argumentos en espacios públicos. La oralidad quedó reducida, muchas veces, a exposiciones estructuradas, donde el estudiante se limita a leer diapositivas más que elaborar realmente un discurso coherente y crítico.

 

El resultado es evidente: estudiantes que aparentemente hablan bien, pero no necesariamente comunican ideas con profundidad.

La situación se vuelve especialmente compleja en educación superior, donde la oralidad en el contexto académico ocupa un lugar esencial. 

 

Participar en seminarios, defender proyectos, exponer investigaciones o dialogar críticamente en clases requiere competencias argumentativas que no se desarrollan espontáneamente. Sin embargo, todavía persiste la idea de que hablar es una habilidad natural y, por tanto, no necesita enseñarse, pero sabemos que la expresión oral se aprende cuando existen espacios educativos donde el desacuerdo se percibe como oportunidad de reflexión y cuando las preguntas abiertas tienen más valor que las respuestas automáticas.  

 

En tiempos marcados por la inmediatez digital y la sobreexposición discursiva, enseñar a argumentar oralmente se vuelve una necesidad imperativa en las aulas de hoy. El problema actual no es que los estudiantes no hablen, es que muchas veces no se les ha enseñado a transformar las palabras en pensamiento.

 

Dra. Sindy Sagredo

Coordinadora Línea Metodológica

Departamento de Formación Integral

Universidad San Sebastián

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