Los adolescentes chilenos de 15 años pasan más de 45 horas semanales conectados a redes sociales, una cifra que supera la jornada laboral completa y coloca a Chile en el primer lugar entre los países de la OCDE según el informe «Crecer en la era de las redes sociales», publicado en 2026. El promedio general del estudio es de 35 horas semanales, según reportó El País. La distancia entre Chile y ese promedio no es marginal; es estructural.
La brecha de alfabetización digital que el dato expone
Brenda Grilli, estratega de contenido y especialista en marketing digital en Apuestas.Guru, sigue de cerca los mercados de entretenimiento digital de habla hispana, incluido el español, y lee el informe desde esa perspectiva profesional. Para ella, el problema central que revelan las 45 horas no es solo la cantidad de tiempo, sino la ausencia de competencias para leer las dinámicas de recompensa y riesgo que sostienen ese tiempo.
La psiquiatra Nora Volkow documenta el mecanismo, según el informe: las redes sociales explotan el sistema de recompensa del cerebro a través de la dopamina, el neurotransmisor que vincula el placer con la memoria y el aprendizaje. Grillli observa que esa misma lógica no desaparece al llegar a la adultez; se redirige hacia otros entornos digitales. En el mercado español, por ejemplo, los bonos de bienvenida de las casas de apuestas en España están diseñados precisamente con esa lógica de recompensa, y quien no aprendió de joven a identificar ese tipo de incentivo llega sin herramientas para evaluarlo.
“La brecha no se cierra cuando el adolescente cumple 18 años. Simplemente encuentra nuevos formatos en los que esa misma lógica opera con igual intensidad y menor supervisión.”
Su postura es analítica. No prescribe remedios; señala la continuidad del problema.
Chile en lo más alto de un ranking que nadie celebra
El informe sitúa a Chile en el primer lugar de la OCDE en tiempo semanal que los adolescentes de 15 años dedican a plataformas digitales, con más de 45 horas frente al promedio de 35. Aproximadamente el 95% de los jóvenes chilenos usa redes sociales a diario. La escala del fenómeno es difícil de relativizar.
Un contrapunto metodológico aparece con los datos de la Encuesta Longitudinal de Primera Infancia (ELPI) de 2024, publicada en noviembre de 2025 por el Ministerio de Desarrollo Social y Familia. Esa encuesta encontró que el 54% de los adolescentes chilenos usa redes sociales tres o más horas en un día de semana promedio, mientras que solo el 9% dedica tiempo equivalente a leer libros, revistas o cómics. La diferencia entre las dos mediciones, la de la OCDE y la de la ELPI, refleja distintas metodologías y marcos temporales, lo que alimenta el debate sobre cuál cifra pesa más a la hora de diseñar políticas.
El estudio de la OCDE se basa en análisis de datos PISA 2022. No incluye información de nueve países miembros, entre ellos Francia, México y Noruega, lo que delimita el alcance comparativo del ranking. La efectividad de las restricciones dentro de los colegios también aparece cuestionada: el 29% de los estudiantes en establecimientos con prohibición de celulares admite usarlos varias veces durante la jornada escolar.
El cerebro adolescente frente a la dopamina y la manada digital
El neurocientífico Francisco Aboitiz, director del Centro Interdisciplinario para la Infancia, Adolescencia, Resiliencia y Adversidad, ubica la vulnerabilidad en la biología del desarrollo:
“La adolescencia es un período crítico porque ocurre el cambio del cerebro de niño al de adulto y ese proceso está mediado por hormonas y otros aspectos biológicamente complejos. Es una etapa en la que suceden ciertos desequilibrios, que son transitorios y que hacen que los adolescentes sean más proclives a los riesgos.”
Aboitiz añade que la conversación cara a cara produce una sincronía interpersonal entre los cerebros de los interlocutores, y que las redes sociales eliminan ese elemento regulador natural. En su lugar, amplifican dinámicas de grupo, el miedo a disentir y la presión por sostener la opinión mayoritaria, a una escala de miles de personas. El resultado, según él, es que los adolescentes tienden a comportarse más como una manada.
Volkow, por su parte, explica el mecanismo de entrampamiento:
“Cuando esos efectos sobre el sistema de recompensa se repiten, el cerebro comienza a cambiar y le quitan a la persona esa capacidad de autorregulación y de toma de decisiones.”
Y agrega, sobre la naturaleza de esos sistemas:
“Son sistemas que vinculan el placer con el aprendizaje, la memoria y la energía para sostener una conducta. Por eso, las adicciones son tan malignas.”
La Organización Mundial de la Salud, en un estudio de su Oficina Regional para Europa que abarcó países de Europa, Asia Central y Canadá, registró que el uso problemático de redes sociales subió del 7% en 2018 al 11% en 2022. La tendencia va en una sola dirección.
Prohibiciones para niños, industria sin regular
Chile implementó en marzo una ley que prohíbe los celulares en establecimientos educacionales, convirtiéndose en uno de cuatro países latinoamericanos con esa restricción. El Congreso debate además un proyecto de ley para limitar el acceso a redes sociales a menores de 16 años, y el gobierno de José Antonio Kast evalúa exigir verificación mediante Clave Única para acceder a esas plataformas.
El psicólogo Patricio Cabello, profesor de la Universidad Andrés Bello e investigador del CIAE de la Universidad de Chile, cuestiona la metodología del cálculo de horas de la OCDE y advierte que no hay razones para el pánico. Señala, además, que el uso de redes sociales no está reconocido como adicción ni por la OMS ni por el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM).
Pero su crítica más directa apunta a la arquitectura del debate regulatorio:
“Si las redes sociales estuvieran reguladas, todos los países pudieran tener un control interesante de la cantidad y tipo de contenido que pueden ver niños y adolescentes, pero en este momento estamos pensando más en ponerle reglas a los niños y no a la industria, prohibirles cosas a los niños, en lugar de escuchar a los expertos y a los niños.”
El diagnóstico de Cabello es que las reglas se acumulan del lado equivocado. Los niños acumulan restricciones; la industria acumula tiempo de atención. Esa asimetría es la pregunta que el informe deja sin responder.





















