Spotify acaba de abrir una puerta que, hasta hace poco, parecía más propia de una película de ciencia ficción, en la que identifica con una etiqueta a aquellos perfiles de artistas cuya identidad humana ha sido generada mediante inteligencia artificial. La nueva “AI Persona” busca entregar transparencia y permitir que los usuarios sepan cuándo están escuchando a un artista real y cuándo están frente a una identidad creada artificialmente.

A primera vista, podría parecer solamente una nueva funcionalidad dentro de una aplicación. Pero, en realidad, estamos frente a algo mucho más interesante vinculado a la transformación de la experiencia de consumo cultural.

Durante décadas, consumir música significó escuchar a un artista. Luego comenzamos a consumir playlists, algoritmos, recomendaciones y experiencias personalizadas. Hoy podemos estar entrando en una nueva etapa al consumir también identidades, personajes y universos creativos generados por tecnología. Y esto no necesariamente es una mala noticia.

La llegada de la inteligencia artificial a la creatividad suele estar acompañada de la pregunta inevitable sobre ¿qué ocurrirá con los artistas, diseñadores, publicistas, músicos, escritores o creadores humanos? Pero quizás estamos haciendo la pregunta equivocada.

La discusión no debería centrarse únicamente en si la inteligencia artificial reemplazará a las personas. Deberíamos preguntarnos qué nuevas posibilidades creativas aparecen cuando las personas comienzan a trabajar con ella.

Al etiquetar estas nuevas identidades, Spotify está haciendo algo particularmente relevante, pues reconoce que el consumidor tiene derecho a saber qué está consumiendo. Y esa transparencia puede ser precisamente lo que permita que la innovación avance. Porque el problema no es que una canción haya sido creada con inteligencia artificial sería si no pudiéramos saberlo.

La tecnología siempre ha modificado nuestra relación con la cultura. La fotografía transformó la pintura. El cine transformó la narrativa. La televisión cambió nuestras formas de entretenernos. Internet modificó radicalmente la producción y distribución de contenidos. Las redes sociales transformaron a las audiencias en productores. Y las aplicaciones convirtieron buena parte de nuestra vida cotidiana en experiencias diseñadas, personalizadas y algorítmicas.

La inteligencia artificial es parte de esa misma historia. Lo que cambia ahora es la velocidad y eso es extraordinariamente relevante para la creatividad. Crear no siempre significa producir una obra perfecta. Crear también significa explorar, equivocarse, combinar, probar y volver a intentar. La IA puede convertirse justamente en eso: un laboratorio creativo. Cuando producir se vuelve más fácil, pensar se vuelve más importante.

La diferencia ya no estará necesariamente en quién sabe utilizar una herramienta, sino en quién tiene algo interesante que decir con ella. Y quizás esa sea la verdadera revolución que está comenzando. Una revolución donde la creatividad deja de estar limitada por las herramientas que tenemos disponibles y comienza a estar limitada, principalmente, por nuestra capacidad de imaginar.

Y eso, para quienes vivimos de las ideas, no debería asustarnos. Debería entusiasmarnos.

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Equipo Prensa
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