Era pequeño cuando mi abuela me llevó por primera vez al cerro Santa Lucía. No tengo una memoria precisa del día, ni de la ropa, ni del camino exacto. Lo que queda es otra cosa. La sensación de estar entrando a una ciudad que debía ser conocida, mirada y caminada. Santiago aparecía desde arriba como una extensión posible de la vida familiar. No era solo el lugar donde estaban la casa, el colegio o el trabajo. Era también un mundo al que alguien mayor podía introducir a un niño.

Por eso el regreso del cañonazo de las doce tiene una resonancia mayor que la de una simple tradición recuperada. Un disparo al mediodía puede parecer un gesto menor frente a los problemas de una capital desgastada. Pero las ciudades no se sostienen solo por sus obras mayores. También viven de señales repetidas, recorridos compartidos y ritos pequeños que hacen que una comunidad reconozca un mismo tiempo y un mismo lugar.

El cañonazo no importa por nostalgia. Importa porque recuerda una pregunta más honda. Qué ocurre cuando una ciudad deja de ser transmitida.

La experiencia urbana de muchas familias chilenas no se formó en grandes discursos sobre planificación. Se formó jugando en el pasaje, caminando hacia el almacén, tomando una micro, cruzando una plaza, subiendo un cerro, mirando vitrinas, acompañando a un abuelo, aprendiendo que la calle tenía reglas no escritas y que el barrio era una forma inicial de pertenencia. Esa educación era silenciosa. Nadie la llamaba ciudadanía. Pero lo era.

. Las ciudades chilenas nunca fueron ordenadas, justas ni plenamente seguras. La pobreza, la segregación y el miedo siempre estuvieron presentes. Pero había una relación más directa entre personas y espacio urbano. La ciudad todavía podía ser vivida como experiencia, no solo como trayecto.

La fractura actual no está solo en la delincuencia, aunque la inseguridad sea parte evidente del problema. Tampoco está solo en la basura, los rayados, el comercio desbordado, las luminarias rotas o los parques deteriorados. Esos son síntomas visibles de una pérdida más profunda. La ciudad dejó de producir confianza. Y cuando una ciudad deja de producir confianza, las personas no la disputan con discursos. Simplemente se retiran.

Ese retiro cambia la vida cotidiana.. La ciudad no desaparece. Sigue ahí. Pero empieza a ser vivida como territorio ajeno.

Ese es el verdadero fracaso urbano. No que una fachada esté rayada. No que una banca esté rota. No que una plaza requiera mantención. Todo eso puede corregirse. Lo más grave ocurre cuando esos signos dejan de doler. Cuando nadie siente que una pared patrimonial dañada empobrece algo propio. Cuando una vereda destruida ya no provoca indignación. Cuando una plaza abandonada se vuelve paisaje. Cuando el deterioro deja de ser anomalía y se convierte en costumbre.

La ciudad siempre ha sido una respuesta política antes que técnica. Mucho antes de que existieran los planes reguladores, ya se entendía que ordenar el espacio era ordenar una forma de convivencia.

Hoy esa intuición parece olvidada. Hemos discutido la ciudad como si fuera una suma de proyectos, permisos, delitos, externalidades, inversiones o conflictos administrativos. Pero la pregunta central es más simple y más exigente.¿Puede el espacio público ordenar diferencias sin transformarse en tierra de nadie?

Cuando esa respuesta se debilita, la sociedad busca sustitutos. El mall ofrece clima, vigilancia y reglas. El condominio ofrece cierre. El auto ofrece distancia. La pantalla ofrece compañía sin exposición. Ninguno de esos refugios es ilegítimo. Todos responden a una necesidad real de protección. Pero cada uno confirma, a su modo, que el espacio común perdió parte de su autoridad. Nos seguimos cruzando, pero nos encontramos menos. Compartimos ciudad, pero no necesariamente experiencia urbana.

Valparaíso permite mirar esta tensión con una crudeza especial. Pocas ciudades chilenas concentran tanta belleza pública. Sus cerros, ascensores, escaleras, plazas, miradores, fachadas y recorridos no son adornos. Son la ciudad misma. Allí la vida urbana no puede separarse del acto de caminar, subir, bajar, mirar y encontrarse. Por eso su deterioro duele más. No porque afecte una postal, sino porque erosiona una forma de vida.

Santiago muestra otra versión del mismo problema. Un centro histórico que durante décadas ordenó trámites, comercio, memoria republicana y paseo familiar hoy muchas veces se recorre con prevención. Providencia, la Alameda, los parques y los barrios tradicionales todavía conservan una belleza evidente, pero esa belleza convive con descuido, ruido, temor y pérdida de dominio público. No falta ciudad. Falta confianza para habitarla.

Recuperar el espacio común no significa pedir una ciudad silenciosa, disciplinada o sin conflicto. Las ciudades importantes nunca han sido eso. Una ciudad viva mezcla edades, oficios, clases, acentos, comercio, protesta, descanso y movimiento. El problema no es la mezcla. El problema es cuando la mezcla deja de estar sostenida por reglas compartidas.

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Equipo Prensa
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