En Chile se registran diariamente un promedio de 43 hechos graves dentro de colegios, entre agresiones, amenazas o porte de armas; paralelamente, las denuncias formales por maltrato y convivencia escolar oscilan entre 1.400 y 1.500 mensuales a nivel nacional, representando aproximadamente de 900 a 1.000 casos en ese mismo lapso. La respuesta estatal ha tendido a reforzar el control punitivo a través de detectores de metales, cámaras, rejas y suspensiones.
Especialistas en sistemas educativos no tradicionales advierten que el problema, en parte, se debe al diseño del aula fabril del siglo XIX que confina a más de 40 estudiantes inmovilizados por 6 horas. Felipe Palma, psicopedagogo y magíster en neurociencias aplicadas a la educación, del Colegio Huelquén Montessori, explica que las salas ruidosas y con luz artificial gatillan altos niveles de cortisol (estrés). «Rediseñar el espacio educativo cuesta cero peso: basta con eliminar la tarima del profesor, deshacer las filas rígidas para armar islas de trabajo colaborativo y despejar los muros. Es momento de abandonar la lógica del control y construir ambientes que sanen«, enfatiza Palma.
Modelo Montessori
Aplicando la «neuroarquitectura», el Premio Pritzker de Arquitectura, Alejandro Aravena, diseñó espacios dotados de luz natural, sin jerarquía y ajustados a cada nivel escolar. Además, contempla el uso de vegetación dentro de las salas, alfombras y mobiliario de madera, reduciendo drásticamente la sobrecarga de estrés y la agresión infantil. En un aula diseñada para la calma, los estudiantes se mueven e interactúan libremente respetando el espacio del otro. Cuando surge un conflicto, no se margina al alumno con una suspensión o fuera de la sala, se procesa en momentos de conversación colectiva, resolución de conflictos y justicia restaurativa.
“La crisis de convivencia escolar no se resuelve transformando los colegios en cárceles, sino devolviendo la calma a las aulas. La respuesta no es más control, sino mejores entornos”, concluye Palma.





















