Durante dos siglos, crecimiento económico y consumo energético avanzaron prácticamente de la mano. El carbón impulsó la primera Revolución Industrial. Posteriormente, petróleo y gas transformaron el transporte, la industria, la agricultura y las ciudades. Y la energía fósil fue, en buena medida, el motor material del desarrollo moderno.

Pero este modelo enfrenta hoy una restricción ineludible: el cambio climático. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), ha establecido que el crecimiento económico ha sido uno de los principales impulsores del aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero. Sin embargo, existe una señal alentadora: durante las últimas décadas comenzó a observarse cierto desacoplamiento entre crecimiento económico, consumo energético y emisiones.

El desafío climático no consiste solo en reducir el consumo energético, sino en transformar cómo producimos y utilizamos la energía. Millones de personas aún requieren mayor acceso a la electricidad para mejorar sus condiciones de vida. El objetivo debe ser, por tanto, generar mayor bienestar y crecimiento económico con mayor eficiencia y menor dependencia de los combustibles fósiles.

Para ello, es necesario avanzar en eficiencia energética. Edificios de alto desempeño, procesos industriales eficientes, transporte público, electromovilidad y gestión inteligente de la demanda permiten producir más utilizando menos recursos. Además, se debe transformar la matriz energética. La electrificación debe avanzar acompañada de energías renovables, almacenamiento, transmisión y redes inteligentes. La evidencia ya muestra que esta transformación es posible. En 2024, las tecnologías limpias evitaron alrededor de 2,6 gigatoneladas de CO₂ en el planeta, mientras la economía mundial continuó creciendo. Y, por último, descarbonizar los sectores difíciles de electrificar. Industria pesada, minería, transporte marítimo y determinados procesos químicos requerirán soluciones como hidrógeno y derivados de bajas emisiones, biocombustibles sostenibles y, donde sea técnicamente justificable, captura de carbono.

Pero la transición energética no puede sacrificar la seguridad ni la competitividad. Una matriz limpia debe ser también confiable, resiliente y económicamente viable. Para ello se requiere inversión, infraestructura, innovación y políticas públicas consistentes.

El desafío parece inalcanzable. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) estima que, bajo las políticas actualmente implementadas, el mundo se encamina hacia los 2,8 °C de calentamiento durante este siglo.

Por eso, el debate no debería plantearse como una elección entre crecimiento y medioambiente. El verdadero desafío es transformar la forma en que crecemos. El siglo XX nos comprobó que la energía puede transformar las sociedades. Y el desafío del siglo XXI es demostrar que podemos hacerlo nuevamente, pero esta vez sin comprometer las condiciones climáticas que hacen posible nuestro propio desarrollo.

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Equipo Prensa
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