Noah Strang lleva más de cinco años observando cómo funciona el ecosistema de contenidos deportivos digitales, y el dato lo detiene: los adolescentes chilenos de 15 años acumulan más de 45 horas semanales frente a plataformas digitales, según un informe publicado en 2026. Para Strang, la cifra no solo habla de redes sociales. La alfabetización digital que necesita la escuela debe abarcar el conjunto de actividades online diseñadas para retener la atención de forma sostenida, porque todas exigen las mismas competencias de autocontrol. En esa misma categoría, señala el experto, los sitios que ofrecen pronósticos para los próximos partidos compiten por esa atención sostenida y, como las redes, demandan hábitos de consumo con límites explícitos de tiempo y dinero.
“La alfabetización digital real no termina en Instagram o TikTok. Hay categorías enteras de contenido online que retienen la atención con la misma intensidad y que exigen exactamente el mismo tipo de autoregulación: saber cuándo parar y cuánto gastar.”
Strang lo observa desde afuera, como analista de ese ecosistema, no como participante. Su punto es estructural: si la escuela solo regula las redes sociales, deja sin respuesta la mitad del problema.
Chile a la cabeza de la OCDE: las cifras del informe
El informe «Crecer en la era de las redes sociales», publicado en 2026 y basado en nuevos análisis de los datos PISA 2022, sitúa a Chile en el primer lugar de la OCDE en tiempo que los adolescentes de 15 años pasan en redes sociales, según reportó El País. Esas más de 45 horas semanales superan con creces las 35 horas de la media general de la encuesta de la organización, y equivalen a más de una jornada laboral completa dedicada cada semana a plataformas digitales.
La magnitud del fenómeno no se agota en los promedios. Cerca del 95% de los jóvenes chilenos usa redes sociales a diario. Más revelador aún es lo que ocurre dentro de los establecimientos escolares: el 29% de los estudiantes en centros que ya tienen prohibición de celulares los utiliza de todas formas varias veces al día durante la jornada escolar. La brecha entre la norma y la conducta real describe, por sí sola, la escala del desafío que enfrenta el sistema educativo.
Lo que ocurre en el cerebro adolescente
El neurocientífico Francisco Aboitiz, director del Centro Interdisciplinario para la Niñez, Adolescencia, Resiliencia y Adversidad, advierte que el problema central no es necesariamente la cantidad de horas conectado, sino cómo esas horas interfieren con los procesos de interacción humana en un momento biológicamente decisivo.
“La adolescencia es un período crítico porque ocurre el cambio del cerebro de niño al de adulto y ese proceso está mediado por hormonas y otros aspectos biológicamente complejos. Es una etapa en la que suceden ciertos desequilibrios, que son transitorios y que hacen que los adolescentes sean más proclives a los riesgos.”
Aboitiz agrega que la conversación cara a cara genera una «sincronía interpersonal» que las redes sociales no permiten replicar, eliminando los sistemas reguladores naturales del intercambio humano. Las plataformas, además, pueden amplificar dinámicas de comportamiento gregario a una escala de miles de personas, con consecuencias difíciles de prever para quienes aún están formando su identidad.
El mecanismo neurológico es descrito con precisión por la psiquiatra Nora Volkow, quien visitó Chile en 2025 para el Congreso Futuro. Volkow sostiene que las redes sociales explotan el sistema de recompensa del cerebro mediante la dopamina, del mismo modo que lo hacen las drogas.
“Cuando esos efectos sobre el sistema de recompensa se repiten, el cerebro comienza a cambiar y le quitan a la persona esa capacidad de autorregulación y de toma de decisiones.”
Son sistemas que, en palabras de Volkow, «vinculan el placer con el aprendizaje, la memoria y la energía para sostener una conducta. Por eso, las adicciones son tan malignas.»
Un debate metodológico que no disuelve la preocupación
No todos los especialistas leen las cifras de la OCDE con la misma alarma. El psicólogo Patricio Cabello, profesor de la Universidad Andrés Bello e investigador del Centro de Investigación Avanzada en Educación (CIAE) de la Universidad de Chile, cuestiona la metodología con que la organización calculó el promedio de horas. Aunque reconoce que es «interesante» que Chile aparezca primero, sostiene que no hay motivos para alarmarse porque el método no sería el más efectivo para extraer esas conclusiones.
Otras fuentes ofrecen números distintos, aunque igualmente significativos. La Encuesta Longitudinal de Primera Infancia (ELPI) de 2024, publicada en noviembre de 2025 por el Ministerio de Desarrollo Social y Familia y considerada más conservadora que el informe de la OCDE, indica que el 54% de los adolescentes chilenos usa redes sociales tres horas o más en un día promedio de lunes a viernes. Solo el 9% dedica ese mismo tramo horario a leer libros, revistas o cómics.
El debate sobre si ese uso constituye una adicción en sentido clínico permanece abierto. Un estudio de la Oficina Regional para Europa de la OMS registró que el uso problemático de redes sociales aumentó del 7% en 2018 al 11% en 2022, en regiones que incluyen Europa, Asia Central y Canadá. Sin embargo, el uso de redes sociales no está reconocido como adicción ni por la OMS ni por el DSM de la Asociación Americana de Psiquiatría. La preocupación existe; el diagnóstico formal, todavía no.
La respuesta regulatoria y sus límites
Chile no ha permanecido estático frente al fenómeno. En marzo de 2026 entró en vigor una ley que prohíbe el uso de celulares en establecimientos educativos, situando al país entre cuatro de América Latina con esa restricción. El Congreso debate, además, un proyecto para limitar el acceso a redes sociales hasta los 16 años.
El Gobierno de José Antonio Kast evalúa una medida adicional: exigir el uso de Clave Única para acceder a redes sociales, de modo de verificar la edad de los usuarios mediante el sistema de identidad digital del Estado.
Cabello, sin embargo, sitúa ese conjunto de iniciativas en lo que considera el lugar equivocado del debate.
“Si las redes sociales estuvieran reguladas, todos los países pudieran tener un control interesante de la cantidad y tipo de contenido que pueden ver niños y adolescentes, pero en este momento estamos pensando más en ponerle reglas a los niños y no a la industria, prohibirles cosas a los niños, en lugar de escuchar a los expertos y a los niños.”
El contraste que traza Cabello es concreto: Europa avanza regulando plataformas e inteligencia artificial desde el lado de la industria, mientras Chile concentra sus esfuerzos en restringir la conducta de los menores. La pregunta que deja abierta el propio hallazgo de la OCDE es si ese enfoque alcanza para mover la aguja en el país que más horas acumula.





















