Llegó al entrenamiento como cualquier otro día. Pero para él, aquel no
era un día cualquiera.
Nos reunimos como acostumbramos hacerlo: compartimos una pequeña
reflexión y realizamos cinco minutos de meditación. Después comenzamos
a trabajar.
Había algo diferente en uno de los niños. Traía consigo un objeto con
el que parecía distraído. Cuando sus compañeros comenzaron a dar una
vuelta alrededor de la cancha, él no quiso participar. Intenté
motivarlo, lo animé a integrarse, pero no respondía.
Y quiero ser sincero: mi primer pensamiento fue «otra vez con sus
cosas, otra vez taimado».
Qué rápido podemos equivocarnos cuando vemos una conducta y creemos
saber lo que significa.
Lo llamé para conversar.
—¿Qué te pasa? —le pregunté.
Me dijo que estaba triste porque no había podido ir al aeropuerto a
despedir a su mamá.
—Pero ella vuelve, ¿cierto? ¿Estás triste porque no pudiste acompañarla?
Su respuesta me desarmó.
—No, profe. Es que mi mamá se va para siempre.
Me explicó que su madre debía viajar al extranjero y que después se
establecería lejos de él. En su corazón, él entendía que su mamá no
regresaría.
Se me partió el corazón.
No lloré, pero por dentro estaba profundamente emocionado. Frente a mí
no tenía a alguien sin ganas de entrenar. Tenía a un pequeño ser
humano intentando sostener una emoción inmensa. Y yo, unos minutos
antes, había creído que solo estaba haciendo un berrinche.
Lo abracé. Él me abrazó también y comenzó a llorar.
No necesité grandes palabras. Lo escuché. Lo sentí. Estuve con él.
Otro profesor se acercó y juntos lo acompañamos. No pretendimos
quitarle la tristeza ni le exigimos que se incorporara al
entrenamiento. Le ofrecimos distintas posibilidades: podía descansar,
estar con el grupo o ayudarnos a organizar la actividad.
—¿Quieres ser nuestro ayudante?
—Ya, profe, voy a hacerlo.
Empezó a mover materiales y a ordenar la cancha.
—Profe, ¿esto dónde lo dejo? ¿Y esto?
Mientras sus compañeros entrenaban, él observaba, colaboraba y
encontraba su propio lugar. En un momento se sacó los zapatos para
sentirse más cómodo. Continuó ayudándonos descalzo, sin apuro y sin
presión.
Los demás niños jugaban, se reían y disfrutaban. De a poco comenzó a
acercarse a esa alegría. Primero mirando, luego participando un poco
más.
Hasta que ocurrió algo que todavía me emociona recordar: volvió a
ponerse los zapatos.
Y decidió entrar a entrenar.
Terminó jugando, compartiendo y riendo con sus compañeros.
Nadie lo obligó. No le dijimos que olvidara su tristeza. Le dimos
tiempo, afecto y libertad para que encontrara su propia manera de
estar con nosotros.
Su realidad no había cambiado. Su mamá seguía lejos. Seguramente su
pena continuaba. Pero aquel día encontró un lugar donde podía sentirse
acompañado, protegido y querido.
Comprendí que a veces, cuando a una persona se le viene el mundo
abajo, una cancha puede convertirse en ese lugar que la sostiene.
UN SER HUMANO ANTES QUE UN DEPORTISTA
En el fútbol trabajamos dimensiones técnicas, tácticas, físicas,
psicológicas y reglamentarias. Preparamos ejercicios, corregimos
movimientos, enseñamos a interpretar el juego y buscamos mejorar el
rendimiento.
Todo eso es importante. Pero hay algo que, para mí, está en el centro:
cada persona que llega a entrenar tiene un espíritu.
No importa si tiene ocho, diecisiete, treinta o sesenta años; si es un
deportista profesional, un aficionado o alguien que busca aprender.
Todos llegamos con nuestra historia, con alegrías, frustraciones,
preocupaciones, sueños y silencios.
Muchas veces vemos una respuesta negativa y pensamos en indisciplina.
Vemos falta de concentración y exigimos más atención. Encontramos
desmotivación y aumentamos los estímulos.
Pero quizás, antes de exigir, deberíamos preguntarnos qué está
viviendo esa persona.
¿QUÉ SIGNIFICA CUIDAR EL ESPÍRITU?
Esta pregunta está en el corazón de INTEGRAL+, la metodología que
comencé a desarrollar durante mi investigación y formación como
entrenador profesional.
Creo que el desarrollo deportivo no puede separarse del desarrollo
humano. Cuidar el espíritu comienza por reconocer que existe, por
comprender que no somos únicamente capacidades, pensamientos o
resultados.
Después viene la tarea de observar, escuchar y percibir. Intentar
comprender cómo llega una persona, qué expresa, qué calla, qué nos
muestra y qué puede necesitar de nosotros.
A veces será una conversación. Otras veces bastará con acompañar en
silencio. No siempre podremos cambiar lo que sucede fuera de la
cancha, pero podemos aprender a estar presentes.
Y cuando alguien nos entrega su confianza, también nos entrega una
enorme responsabilidad: proteger, educar y liberar.
Proteger para que pueda sentirse seguro. Educar para que desarrolle
herramientas y crezca. Y liberar para que tenga la oportunidad de ser
quien realmente es.
Libre de sentir, de llorar, de hablar, de equivocarse, de expresar sus
ideas y descubrir su propio camino. Sin miedo a ser juzgado por lo que
siente.
Creo profundamente que la libertad interior, el afecto y la confianza
abren posibilidades enormes para desarrollar el potencial de un ser
humano. Y el deporte puede ser una herramienta extraordinaria para
acompañar ese proceso.
FORMAMOS DEPORTISTAS. PERO, SOBRE TODO, SERES HUMANOS.
Trabajando con niños, jóvenes y adultos, he aprendido que nuestra
responsabilidad no termina cuando finaliza una sesión. No podemos
medir nuestro trabajo solamente por los partidos ganados o las
capacidades desarrolladas.
También debemos preguntarnos: ¿qué dejamos en las personas? ¿Cómo
llegaron y cómo se sintieron con nosotros? ¿Encontraron un espacio
donde fueron escuchadas y valoradas?
Aquel niño me enseñó que un entrenamiento puede significar algo
completamente distinto para quien lo vive. Para nosotros era una
sesión más de trabajo. Para él, quizás, era el lugar que había elegido
para atravesar una despedida dolorosa.
No podíamos traer de regreso a su mamá. No podíamos resolver su
historia. Pero sí podíamos darle un espacio donde su tristeza fuera
recibida con respeto, donde siguiera perteneciendo y donde pudiera
reencontrarse, a su propio ritmo, con el juego.
Nunca olvidaré cuando volvió a ponerse los zapatos. No porque fuera
una victoria deportiva, sino porque fue su decisión.
No sé si ese día contribuimos a formar a un mejor futbolista. Pero
espero, de corazón, que hayamos contribuido a cuidar a un ser humano.
La próxima vez que alguien llegue a entrenar distraído, enojado,
triste o en silencio, quizás debamos detenernos un instante antes de
juzgar.
Porque no sabemos qué ocurrió en su casa, a quién está extrañando o
qué emoción está intentando sostener.
No llegan solamente con su ropa deportiva y sus implementos. Llegan
con su historia. Y llegan con su espíritu.
Ojalá nunca olvidemos que también tenemos la responsabilidad de cuidarlo.
Antes de exigir rendimiento, debemos aprender a comprender.
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