Por Karen Pastene Troncoso
Docente, fundadora de John John High School, magíster en Gestión y Liderazgo y MBA.

Cuando miro estos dieciséis años de John John High School, pienso en cuánto hemos crecido, pero especialmente en todo lo que hemos aprendido. Porque construir un colegio es una experiencia que va mucho más allá de abrir salas de clases, desarrollar un proyecto educativo o alcanzar determinadas metas. Es acompañar personas, tomar decisiones difíciles, aprender de los errores y descubrir, con el paso del tiempo, que educar también exige transformarnos a nosotros mismos.

Hoy siento una profunda gratitud. Recuerdo las alegrías, los estudiantes que fueron creciendo con nosotros, las familias que confiaron en el proyecto y las personas que nos acompañaron en distintas etapas. Pero también recuerdo aquello que no aparece en las fotografías de aniversario: las incertidumbres, las conversaciones difíciles, las decisiones que hoy tomaría de otra manera y tantas experiencias que fueron dando forma a nuestra historia.

Nuestras raíces se remontan a 1964, cuando Marta Rodríguez Donoso, nuestra querida abuela Marta, inició el primer Colegio John John. En 2010 tuve la oportunidad de adquirir esa marca y comenzar un nuevo proyecto educativo, con la mirada de otra generación, desafíos diferentes y una identidad propia, pero conservando algo esencial de su legado: el cariño por los niños y la convicción de que educar significa acompañarlos en su desarrollo como personas.

Comenzamos con una sala cuna y un jardín infantil. Posteriormente abrimos desde kínder hasta tercero básico y fuimos incorporando un curso cada año, hasta llegar a cuarto medio. Ese crecimiento, que hoy puede contarse en pocas líneas, significó años de trabajo, preparación y aprendizajes. También implicó comprender que las necesidades de un niño pequeño son diferentes de las de un adolescente y que cada etapa requiere una manera particular de acompañar, enseñar y formar.

Emprender en educación me enseñó que la vocación, por sí sola, no basta. Hubo que aprender de gestión, comprender normativas y enfrentar procesos administrativos que involucraron a distintas instituciones, desde la Seremi de Educación, el Ministerio de Educación y la municipalidad hasta el Consejo de Monumentos Nacionales. No siempre los tiempos institucionales coincidían con las necesidades de crecimiento del colegio. En más de una ocasión tuve que comprometer recursos personales para garantizar la continuidad del proyecto. Pero mientras resolvíamos esas dificultades, la vida escolar seguía: había familias que acompañar, docentes que apoyar y niños que merecían encontrar cada mañana un lugar donde sentirse queridos, seguros y valorados.

Hubo momentos de mucha presión, desilusiones y días en que me pregunté si sería capaz de continuar. En esas circunstancias volvía a lo que siempre me ha sostenido: mi fe en Dios, mis sueños y la esperanza de que, aun cuando el camino se vuelve difícil, siempre existe la posibilidad de encontrar una nueva manera de avanzar.

Con los años comprendí que emprender en educación exige mucho más que voluntad y perseverancia. Tuve que prepararme, escuchar, aprender a conducir equipos y entender que las decisiones administrativas también tienen consecuencias humanas. No siempre logramos equilibrar todas las áreas. A veces las urgencias nos llevaban a concentrar nuestros esfuerzos en una dimensión, mientras otras necesitaban mayor atención. Esa experiencia me enseñó que dirigir un colegio requiere una mirada integral, donde la buena gestión, el trabajo pedagógico y el cuidado de las personas se complementen permanentemente.

En este camino hubo personas que creyeron y permanecieron, y otras que, por distintas razones, decidieron continuar su propio rumbo. Cada experiencia fue dejando enseñanzas. Hoy comprendo mejor que las organizaciones están formadas por personas con distintas historias, expectativas y necesidades, y que liderar también significa aprender a reconocer esas diferencias.

En estos dieciséis años hemos cometido errores. Algunos estuvieron relacionados con la comunicación, otros con la convivencia educativa y el bienestar de nuestros equipos. Hubo ocasiones en que probablemente no escuchamos lo suficiente o no entregamos el acompañamiento que algunas personas necesitaban. Reconocerlo es parte de la responsabilidad que hoy siento frente a nuestra comunidad.

He aprendido que, cuando estamos demasiado concentrados en resolver una dificultad, podemos perder de vista lo que está viviendo quien tenemos al lado. A veces creemos que estamos haciendo todo lo posible, pero olvidamos preguntar cómo se siente el otro, qué necesita o de qué manera podemos ayudarlo.

Estas reflexiones han sido fundamentales para avanzar, durante 2026, en nuestro Modelo de Convivencia Educativa e Inclusión. Una propuesta que recoge experiencias y aprendizajes de nuestra trayectoria y que nos plantea un desafío profundo: comprender que la convivencia también se enseña y que todos los adultos tenemos una responsabilidad en su construcción.

Queremos que el respeto, el buen trato, la empatía y la capacidad de reparar los daños formen parte de nuestra vida cotidiana. Que nuestros estudiantes aprendan a conocerse, reconocer sus emociones, resolver diferencias y valorar a los demás. Y que los adultos también sepamos escucharnos, acompañarnos y aprender de nuestros errores.

Sabemos que tenemos mucho por recorrer. Un modelo escrito puede orientar, pero su verdadero sentido estará en las experiencias que seamos capaces de construir. La convivencia necesita confianza, coherencia entre lo que enseñamos y lo que hacemos, y la humildad necesaria para revisar nuestras propias prácticas.

Hay algo que me preocupa especialmente y que creo que debemos conversar más en educación. En ocasiones, los adultos nos involucramos tanto en nuestras diferencias, en determinar quién tiene la razón o quién es responsable de una dificultad, que terminamos alejándonos de aquello que debería unirnos: el bienestar de los niños.

Ellos siguen allí, necesitando comprensión, seguridad, cariño y adultos capaces de escucharse y ponerse de acuerdo.

La inclusión nos enfrenta permanentemente a esta realidad. Comprender las necesidades de cada estudiante, sus etapas de desarrollo y las distintas situaciones familiares exige preparación, paciencia y colaboración. No siempre pensamos igual ni encontramos rápidamente las respuestas. Pero tenemos la responsabilidad de seguir aprendiendo y recordar que nuestras decisiones deben considerar, ante todo, a los niños y adolescentes que acompañamos.

En John John, donde tenemos pocos estudiantes por sala, la cercanía nos permite conocer mejor sus historias, necesidades, talentos y emociones. Es una oportunidad valiosa, aunque también una gran responsabilidad. Hemos comprendido que una educación personalizada no se garantiza solamente con cursos reducidos. Requiere preparación profesional, vínculos de confianza y una mirada integral de cada persona.

Nuestro proyecto educativo busca precisamente eso: que los estudiantes desarrollen sus capacidades académicas, emocionales, sociales y espirituales. Que aprendan a conocerse, fortalezcan su carácter, descubran sus talentos y comprendan que aquello que saben y son puede contribuir al bienestar de otros.

Con esa misma inquietud impulsamos Volver a Educar Juntos, un programa de televisión que busca abrir espacios de conversación sobre los desafíos que compartimos las comunidades educativas. Me gustaría que lo aprendido en nuestro colegio, incluidos nuestros errores, pudiera ser útil para otras familias, docentes y establecimientos. Creo que tenemos mucho que compartir y, especialmente, mucho que aprender unos de otros.

Al llegar a este aniversario, hay muchas personas a quienes quiero agradecer.

Primero, a Dios, por acompañarme y protegerme, incluso en aquellos momentos en que esa protección no era evidente. A la abuela Marta Rodríguez Donoso, por el legado que nos permitió continuar una historia con nuevas generaciones.

A los padres y apoderados que confiaron en nuestro proyecto, especialmente cuando todavía teníamos tanto por construir. Sus palabras de aliento significaron más de lo que probablemente imaginan.

A nuestros estudiantes, por su alegría, sus preguntas y su espontaneidad. Ellos nos recuerdan diariamente por qué elegimos educar y tienen esa maravillosa capacidad de devolvernos a nuestra propia infancia, de conectarnos con la sencillez y el entusiasmo con que alguna vez miramos el mundo.

A los directivos, docentes y asistentes de la educación que han compartido este camino, por su esfuerzo, paciencia y compromiso. También por las conversaciones difíciles que nos han ayudado a crecer. Sé que hubo momentos de gran exigencia y que no siempre logramos acompañarnos como hubiéramos querido. Hoy valoro aún más la importancia de escucharnos y cuidarnos entre todos.

Y a mi familia, que muchas veces tuvo que aceptar mis ausencias, mis preocupaciones y el tiempo que dediqué al colegio. Su amor y apoyo han sido fundamentales para que este sueño pudiera continuar.

Hoy, después de dieciséis años, siento que tengo más preguntas que antes, pero también una mirada más serena. He aprendido a valorar los avances sin olvidar lo que falta, a reconocer los errores sin quedarme detenida en ellos y a comprender que cada persona vive los procesos de una manera distinta.

Seguimos soñando con formar líderes positivos para las futuras generaciones. Jóvenes preparados académicamente, pero también sensibles, responsables, empáticos y capaces de poner sus talentos al servicio de los demás.

Si algo quisiera transmitir a quienes están comenzando un proyecto educativo, es que no pierdan de vista a las personas mientras intentan alcanzar sus metas. La buena gestión, las exigencias y los resultados importan, por supuesto. Pero detrás de cada decisión hay estudiantes, familias y trabajadores que necesitan sentirse considerados, respetados y parte de una comunidad.

Al final, estos dieciséis años me han enseñado que educar tiene tanto que ver con lo que sabemos como con la manera en que tratamos a los demás.

Y me quedo con una certeza profundamente personal: mientras intentaba construir un colegio que ayudara a nuestros estudiantes a ser mejores personas, yo también estaba aprendiendo a ser una mejor persona.