Cuando termina un temporal, Chile comienza a contar los daños. Se habla de puentes destruidos, caminos cortados, viviendas inundadas y postes eléctricos caídos. Es lógico. Pero mientras el país hace ese balance, existe una puerta que casi nunca aparece entre las prioridades y que, sin embargo, sostiene silenciosamente la vida de millones de personas: la puerta de una escuela. Porque una escuela cerrada nunca significa únicamente clases suspendidas. Significa que miles de familias vuelven a preguntarse quién cuidará hoy a sus hijos mientras trabajan. Significa que un niño perderá el desayuno o el almuerzo que, para muchos, constituye la comida más completa del día. Significa que un adolescente dejará de encontrarse con ese profesor que escucha más de lo que habla, que acompaña más de lo que evalúa y que, muchas veces, representa el adulto más estable de su vida.

La escuela es mucho más que un edificio donde se enseñan contenidos. Es uno de los pilares invisibles sobre los que descansa la vida cotidiana del país. Los temporales, además, nunca golpean a todos por igual. Mientras algunos estudiantes regresan a hogares con calefacción, computadores, internet y adultos que pueden acompañar sus aprendizajes, otros vuelven a casas donde aún falta la electricidad, el agua potable o incluso una comida caliente. Allí la lluvia deja de ser solamente un fenómeno climático y se convierte en el espejo más cruel de nuestras desigualdades.

La OCDE describe que las interrupciones prolongadas de la escolaridad afectan con mayor intensidad a los estudiantes más vulnerables, ampliando brechas que luego requieren años para recuperarse (OCDE, 2023). La UNESCO (2024) agrega que garantizar la continuidad educativa durante las emergencias constituye una condición indispensable para proteger el bienestar, la equidad y el derecho a aprender. Por eso, recuperar una escuela no significa únicamente reanudar el calendario escolar. Significa impedir que la desigualdad siga creciendo mientras el país espera que vuelva la normalidad.

Existe otra realidad de la que hablamos poco. Cuando un establecimiento permanece cerrado, también se paraliza la tranquilidad de miles de familias. Detrás de cada sala vacía hay madres, padres y cuidadores que no pueden salir a trabajar con la certeza de que sus hijos están protegidos. La escuela cuida mientras enseña. Alimenta mientras educa. Contiene mientras forma. Esa es una de las políticas sociales más silenciosas y, al mismo tiempo, más decisivas que posee Chile.

Por eso resulta difícil comprender que, después de una emergencia, las escuelas no sean tratadas como infraestructura crítica. Restablecemos con urgencia la electricidad porque entendemos que sin energía el país se detiene. Recuperamos rápidamente las carreteras porque sabemos que conectan la economía y la vida cotidiana. Sin embargo, olvidamos que las escuelas conectan algo todavía más importante: el presente con el futuro.

Cada establecimiento que vuelve a abrir sus puertas devuelve mucho más que clases. Devuelve alimentación, protección, bienestar socioemocional, aprendizaje, oportunidades y esperanza. Devuelve también la posibilidad de que miles de familias vuelvan a reconstruir su vida con la tranquilidad de saber que sus hijos están donde mejor pueden estar: aprendiendo, soñando y descubriendo que el conocimiento sigue siendo la herramienta más poderosa para transformar su destino.

Chile necesita comprender que la reconstrucción no comienza cuando deja de llover. Comienza cuando un niño vuelve a cruzar la puerta de su escuela. Porque los caminos pueden reconstruirse con maquinaria y los puentes con hormigón. Pero una nación solo empieza a levantarse de verdad cuando decide que la primera puerta que debe volver a abrir es la de sus escuelas.

 

Juan Pablo Catalán

Facultad de Educación y Humanidades UNAB

 

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