Jorge Serrano Académico investigador Facultad de Ingeniería y Negocios Universidad de Las Américas
La pregunta más repetida sobre inteligencia artificial y trabajo suele ser: ¿nos quitará el empleo? Es una interrogante válida, pero se queda corta. La historia de la tecnología muestra que una innovación no solo reemplaza tareas: también puede abaratar procesos, ampliar mercados y crear actividades que antes no existían. Cuando algo se vuelve más fácil, rápido o barato, muchas veces no se usa menos, sino que más.
Esta idea tiene un antecedente clásico en la economía: la paradoja de Jevons. En el siglo XIX, William Stanley Jevons observó que las mejoras en la eficiencia del uso del carbón no redujeron su consumo total; al contrario, al abaratarlo y hacerlo útil para más actividades, terminaron expandiendo su demanda. La lección es simple y contraintuitiva: una tecnología de mayor eficiencia no siempre reduce el uso de un recurso, puede multiplicar sus aplicaciones.
Algo parecido podría ocurrir con la inteligencia artificial. Si esta reduce el costo de programar, diseñar, analizar datos, atender clientes, producir contenidos o coordinar procesos, podrían aparecer más proyectos, productos y servicios. En ese sentido, la IA no solo amenaza empleos, también puede crear trabajo. No porque proteja automáticamente los puestos actuales, sino debido a que expande lo que personas y organizaciones son capaces de intentar.
Pero esa afirmación, aunque plausible, es incompleta. Que la inteligencia artificial cree trabajo en la economía, no significa que proteja las trayectorias laborales de quienes hoy se sienten amenazados. Puede haber más actividad en total y, al mismo tiempo, reducir las oportunidades para ciertos perfiles, menos espacios de entrada para trabajadores junior o más presión sobre ocupaciones administrativas, creativas o técnicas que antes parecían seguras. El saldo agregado puede ser positivo, pero la experiencia individual profundamente desigual.
Además, productividad y empleo no son lo mismo. Una empresa puede producir más con IA y aun así aumentar la presión sobre sus trabajadores. Un médico contar con herramientas de documentación automática y seguir enfrentando sobrecarga, revisión adicional y nuevas exigencias administrativas. Una pyme adoptar inteligencia artificial para competir, pero necesitar capacidades que no siempre están disponibles. Un profesional multiplicar su producción, pero también quedar atrapado en una carrera permanente por actualizarse.
Por eso, el debate no debería reducirse a una pelea entre optimistas y pesimistas. La pregunta no es simplemente si la IA destruirá o creará empleos. La pregunta importante es quién podrá moverse hacia los nuevos trabajos, quién asumirá los costos de volver a aprender y qué instituciones acompañarán esa transición.
La inteligencia artificial puede crear trabajo. Probablemente lo hará. Pero una sociedad no se mide solo por su capacidad de inventar nuevas tareas, sino por no abandonar a quienes quedan desplazados por ellas. El futuro del empleo no dependerá únicamente de la tecnología disponible, sino de las decisiones que tomemos sobre educación, capacitación, protección social y organización del trabajo.





















