Omar Salinas Silva – Director Ingeniería Civil Informática Advance UNAB

¿Y si el mayor cambio tecnológico de nuestra época no fuera la inteligencia artificial, sino la forma en que una generación aprendió a conocer el mundo?

Durante siglos conocimos la realidad gracias a una mezcla de curiosidad y azar. Un libro encontrado por casualidad, una conversación inesperada, una canción escuchada en la radio o un profesor que despertaba una nueva inquietud. Muchas de las decisiones que marcaron una vida nacieron de aquello que nunca salimos a buscar.

Hoy ese recorrido cambió. La primera generación nacida en el auge de las plataformas digitales acaba de alcanzar la mayoría de edad. Es la primera que creció con algoritmos organizando buena parte de lo que veía, escuchaba y leía. Su música, sus noticias, sus videos e incluso muchos de sus intereses aparecieron después de que un sistema decidiera qué tenía más probabilidades de captar su atención. No eligieron vivir entre algoritmos. Nunca conocieron otra forma de descubrir el mundo.

Ahora llegan a la adultez justo cuando la inteligencia artificial deja de limitarse a recomendar contenidos y comienza a responder preguntas, escribir textos, explicar ideas y acompañar decisiones. Por primera vez, una generación construye su vida en un entorno donde los algoritmos ya no solo seleccionan información: también participan en la forma de interpretarla.

Durante años discutimos cuánto tiempo pasaban los jóvenes frente a una pantalla. Quizás esa nunca fue la pregunta correcta. La verdadera cuestión es qué ocurre cuando una generación crece en un mundo donde gran parte de lo que descubre ya fue seleccionado antes por un algoritmo.

Los sistemas de recomendación ampliaron el acceso al conocimiento como nunca antes. Ese avance es innegable. Pero también redujeron el espacio del descubrimiento inesperado. Y el azar nunca fue un detalle. Muchas de las mejores ideas nacen precisamente de aquello que contradice nuestras certezas, de un libro equivocado, de una conversación improbable o de una opinión distinta. Los algoritmos son extraordinarios para mostrarnos lo que probablemente nos interese; mucho menos para llevarnos hacia aquello que todavía no sabemos que necesitamos.

No se trata de rechazar la tecnología. Se trata de recordar que crecer también significa encontrarse con lo inesperado. Porque quizá el mayor riesgo de un mundo donde todo parece hecho a nuestra medida no sea recibir peores respuestas. Sea dejar de hacernos las preguntas que nunca habríamos imaginado. Y una sociedad deja de avanzar no cuando deja de encontrar respuestas, sino cuando deja de descubrir aquello que jamás se le habría ocurrido preguntar.

 

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