• Cuando hablamos de inclusión educativa, casi siempre pensamos en estudiantes que necesitan apoyo para alcanzar el nivel esperado. Rara vez la discusión recae en quienes ya lo superaron. Los niños, niñas y jóvenes con altas capacidades —a veces llamados «superdotados», término que hoy preferimos evitar por su carga elitista— siguen siendo uno de los grupos más invisibilizados de nuestros sistemas escolares, lo que tiene un costo que rara vez se contabiliza.

En Chile, el reconocimiento de las altas habilidades avanzó con el Decreto 83 y con los programas de integración escolar, que en teoría permiten identificar y apoyar a estudiantes con «capacidades destacadas». En la práctica, la identificación temprana sigue siendo escasa, desigual entre establecimientos y fuertemente condicionada por el capital cultural de las familias.

Esto no es un detalle menor: la investigación muestra sistemáticamente que la falta de detección temprana se asocia a desmotivación, aburrimiento crónico, conflictos conductuales mal diagnosticados y, en casos extremos, abandono escolar. Paradójicamente, quienes tienen más capacidad para aprender pueden terminar aprendiendo menos, simplemente porque el sistema no supo qué hacer con ellos.

 

Persiste la idea de que un estudiante brillante no necesita ayuda especial porque «de todas formas le va a ir bien». Esta creencia ignora que la alta capacidad no es sinónimo de alto rendimiento automático, ni de bienestar socioemocional garantizado. Muchos de estos alumnos enfrentan asincronías del desarrollo —una mente que procesa a un ritmo muy distinto al de su cuerpo o su edad emocional—, dificultades para encajar socialmente y, en no pocos casos, un perfeccionismo paralizante que termina por inhibir en vez de potenciar.

Se trata de construir capacidad instalada: docentes formados para reconocer estos perfiles sin patologizarlos ni idealizarlos, protocolos de identificación que no dependan del azar de tener una familia que sepa pedir una evaluación, y estrategias de enriquecimiento curricular —no solo aceleración de curso— que puedan profundizar sin aislar socialmente al estudiante.

La formación inicial docente tiene aquí una deuda pendiente. La mayoría de los programas de pedagogía dedican, como mucho, una clase optativa a la diversidad cognitiva «hacia arriba». Se forma para remediar el rezago, casi nunca para desafiar el talento.

Al final, reconocer las altas capacidades no es un lujo para sistemas educativos ya consolidados: es una cuestión de justicia. Desperdiciar talento por no saber verlo, es tan injusto como no apoyar a quien se queda atrás. Un sistema educativo verdaderamente inclusivo es aquel capaz de mirar toda la diversidad de sus estudiantes, incluida la de quienes aprenden más rápido, profundo o de forma distinta a la esperada. La interrogante no debería ser si tenemos estudiantes con altas habilidades en nuestras aulas. La pregunta es si estamos dispuestos a verlos.

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Equipo Prensa
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