Ana Henríquez Orrego Observatorio de IA en Educación Universidad de Las Américas
PISA 2025 entrega a Chile una advertencia que no se reduce a un debate sobre puntajes. El país obtuvo 442 puntos en ciencias, 436 en lectura y 403 en matemática. Respecto de 2022, ciencias se mantuvo estable, mientras lectura descendió 12 puntos y matemática nueve. Además, el 28,8% de los estudiantes no alcanzó, en ninguna de las tres áreas, el nivel básico de competencias que PISA considera necesario para desenvolverse y participar de manera significativa en la sociedad. En el otro extremo, solo el 2,6% logró un desempeño avanzado en al menos una de ellas.
El desafío de asegurar aprendizajes efectivos adquiere una nueva urgencia ante la expansión de la inteligencia artificial. En Chile, el 51,1% de los estudiantes de 15 años declara utilizarla al menos semanalmente para aprender, cifra superior al promedio OCDE. Al mismo tiempo, la capacidad de las escuelas para utilizar recursos digitales en favor de la enseñanza y el aprendizaje se encuentra por debajo de ese promedio. El 61,5% señala haber aprendido en clases a evaluar información generada por IA y apenas uno de cada cinco declara no distraerse con dispositivos digitales durante las clases de ciencias. La tecnología ya está presente en la formación, ahora corresponde fortalecer su conducción pedagógica.
PISA no permite establecer una relación causal entre el uso de inteligencia artificial y los resultados obtenidos. Sus hallazgos muestran que la relación entre tecnología y aprendizaje depende del propósito, la intensidad y las condiciones de uso. La utilización limitada o moderada de dispositivos con fines educativos suele asociarse con mejores resultados, mientras la alfabetización en IA puede favorecer un uso más reflexivo de estas herramientas. Desde esta perspectiva, el aporte de la IA depende de la mediación docente y de la calidad del diseño pedagógico que orienta su utilización.
Estos resultados también invitan a examinar aquello que reconocemos como evidencia de aprendizaje. La distancia entre las calificaciones internas y el desempeño demostrado en evaluaciones externas requiere atención, pues puede revelar diferencias entre la aprobación formal y la capacidad de movilizar lo aprendido. Con la IA generativa, este desafío se profundiza: un informe impecable o una respuesta correcta pueden ocultar que el estudiante apenas leyó, razonó o contrastó evidencia y que tampoco está en condiciones de explicar lo entregado. Así podemos acumular buenas calificaciones mientras construimos una ilusión de aprendizaje.
La respuesta requiere integrar esta nueva tecnología con propósito y criterio pedagógico. El sistema escolar debe definir tres territorios complementarios: aprender sobre IA, comprendiendo sus posibilidades, límites y riesgos; aprender con IA, cuando amplía la retroalimentación, la exploración y el pensamiento; y aprender sin IA, cuando corresponde ejercitar lectura profunda, escritura propia, cálculo, memoria, argumentación y atención sostenida.
El desafío consiste en diseñar lo que podemos denominar “fricción cognitiva”: tareas que exijan decidir, justificar, comparar, corregir, crear y defender lo realizado. La evaluación debe recoger evidencia del proceso mediante borradores, diálogo, desempeño situado, reflexión metacognitiva y verificación directa. La IA puede apoyar el aprendizaje, preservando siempre la actividad intelectual que permite producirlo.
Los resultados de PISA plantean a Chile el desafío de fortalecer la coherencia entre currículo, enseñanza, evaluación y certificación. La tarea consiste en cimentar aprendizajes profundos y transferibles, capaces de ser demostrados en diversos escenarios, incluidas las evaluaciones internacionales. En tiempos de IA, la calidad se expresará en la capacidad de cada estudiante para pensar con autonomía, movilizar lo aprendido y utilizar la tecnología con criterio.





















