Llegar a Palomares hace 15 años fue enfrentarse a la página en blanco más desafiante de mi carrera. No había mesas, no había sillas, no había muebles. Solo estábamos nosotras: un grupo de educadoras y técnicos con el eco de las aulas universitarias aún fresco y un territorio que nos miraba con la incertidumbre propia de quien ha sido postergado.
Hoy, al mirar hacia atrás, comprendo que esa carencia material fue el cimiento de algo mucho más sólido: una identidad forjada en la solidaridad. Trabajar en contextos de vulnerabilidad te obliga a despojarte de la teoría académica rígida para abrazar una educación inicial de calidad que es, ante todo, un acto de justicia social.
Como exalumna y hoy profesional a cargo de un proyecto de mi Alma Mater, la Universidad Católica de la Santísima Concepción, entiendo que nuestra labor trasciende la planificación pedagógica. En sectores como Palomares, uno se transforma en el rostro visible de la Universidad. Para las familias, no somos solo el «jardín»; somos el brazo extendido de una institución que cree en sus hijos y apuesta por su futuro desde la cuna.
El impacto de esta misión se traduce en historias de vida. En estos 15 años, hemos tenido el privilegio de acompañar el crecimiento de alrededor de 300 niños y niñas. Los hemos recibido siendo apenas bebés, desde los 84 días de vida, brindándoles un refugio de aprendizaje y cuidado en sus etapas más críticas, hasta verlos egresar a los 4 años preparados para integrarse a diversas escuelas del Gran Concepción.
La educación parvularia suele ser invisibilizada, pero es aquí donde se juega la verdadera equidad. A lo largo de esta trayectoria, he reafirmado tres pilares que guían nuestro jardín:
La calidad como derecho: Ofrecer un ambiente digno y estimulante ahí donde el entorno puede ser hostil.
La vocación de permanencia: El valor real se construye quedándose, conociendo las historias de las familias y transformando el espacio en un punto de referencia para la comunidad.
El espíritu UCSC en terreno: La formación que recibimos se pone a prueba cuando hay que levantar un proyecto desde cero, manteniendo la excelencia a pesar de las carencias.
Cumplir 15 años en esta institución me permite afirmar que la misión de una universidad católica no termina en el campus. Nuestra labor se completa cada mañana en Palomares, cuando abrimos las puertas de un jardín que hoy tiene mucho más que muebles: tiene historia, tiene comunidad y tiene la certeza de que estamos formando el presente y el futuro de nuestra Región.





















