Hace unas semanas se conoció la noticia de una agresión concertada por un grupo de alumnas contra una estudiante de un liceo del Gran Concepción. De acuerdo con testimonios, las agresoras habían planificado días antes el ataque y acordado grabar y publicar su acción. El caso sirve de ejemplo para mostrar una conexión que complejiza los hechos de violencia y propone una profunda reflexión sobre la forma como las redes sociales están reconfigurando la convivencia escolar y en particular la violencia en el ámbito educativo. Pareciera que no basta con someter al otro buscando una validación entre pares al interior de un centro, sino que es preciso ir más allá y obtener validación en una audiencia global y masiva
Hasta ahora, las escuelas, las familias y la sociedad nos hemos convertido en espectadores de la vida digital de los estudiantes. Incluso, profundizando la lógica transaccional del algoritmo, mirando, compartiendo y discutiendo la situación de violencia como si con eso fuera a disminuir. Los medios de comunicación también replican la noticia ampliando el alcance de quien grabó y lo puso en el espacio virtual. La violencia se presencia desde la pantalla casi como espectáculo.
Los datos de la Superintendencia de Educación muestran un aumento sostenido en las denuncias por maltrato entre estudiantes en los últimos años, de alrededor de un 30%. Con un componente digital en 1 de cada 4 casos, lo que hace que la agresión no acabe cuando termina la jornada de clases, sino que se perpetúe y amplifique. Este fenómeno nos obliga a mirar desde otro paradigma el problema, va más allá del espacio educativo que conocemos y que “controlamos”. Hay un nuevo sistema social que es parte de lo educativo. Las redes sociales actúan como aceleradores de estos hechos.
La normativa vigente en Chile, a través de la Política Nacional de Convivencia Educativa, nos mandata a construir comunidades protectoras desde lo formativo. La sanción por sí sola o la prohibición de uso de aparatos tecnológicos no son suficientes. Hay que ampliar los espacios de colaboración, la escuela no puede sola si el algoritmo de plataformas premia la disrupción y la humillación. La convivencia educativa se debe gestionar de manera estratégica y sistémica más allá de la escuela.
Es urgente avanzar hacia entornos seguros, pero para ello debemos transformar la relación Familia-Escuela en el eje articulador de la convivencia, dejando atrás las recriminaciones cruzadas y la desconfianza mutua. Desde las escuelas las familias han cumplido un rol, históricamente, desde lo administrativo, que implica asistir a reuniones, cumplir con materiales y recursos, revisar tareas y actividades académicas. Pero ha faltado involucrarlos profundamente en el quehacer escolar, en el desarrollo académico y formativo real de los y las estudiantes.
La investigadora educativa, Joyce Epstein, plantea la necesidad de que las familias se involucren más allá de lo administrativo y que ese espacio de participación no implique únicamente asistir, sino ser parte importante en la coordinación, diseño y toma de decisiones de diversas instancias de la escuela. Lo pedagógico, en tanto, es tarea de los y las docentes, ahí está el corazón de lo que realizan y deben realizar día a día en las aulas de clases. Sin embargo, cuando se les pide a las familias asumir la responsabilidad de lo valórico tenemos una gran oportunidad para cumplir con aquello y es que se haga desde lo que las políticas educativas hoy nos piden, que es vincular a la familia y la comunidad con la escuela. Así lo declara también, la Política de Participación Familia, Escuela y Comunidad del Ministerio de Educación.
Si no somos capaces de abordar el impacto de las redes sociales desde una mirada sistémica y colaborativa seguiremos llegando tarde. Nos enfrentamos al desafío de transformar la cultura del espectáculo digital en una cultura del cuidado, en que la integridad del compañero, su bienestar, valga más que cualquier visualización.





















