Yusef Hadi Manríquez

Director de carrera de Publicidad

Universidad Andrés Bello

 

Hace algunos años, convertirse en una figura pública requería trayectoria, talento, liderazgo o, al menos, una historia sostenida en el tiempo. Hoy basta con aparecer durante algunos días en el centro de la conversación digital. El algoritmo no distingue entre mérito, accidente o controversia; simplemente amplifica aquello que captura nuestra atención.

El reciente caso de Manuel Orellana, conocido públicamente como “el Chino”, quien tras protagonizar una intensa cobertura mediática por su extravío en el Cajón del Maipo hoy busca registrar su marca y aparece en contenidos para distintas empresas, refleja una transformación profunda del ecosistema comunicacional. Más allá del caso particular, lo interesante es preguntarse qué dice este fenómeno sobre nosotros como audiencia y sobre la forma en que hoy se construye la influencia.

Vivimos en la economía de la atención. En este nuevo escenario, la moneda más valiosa no es la experiencia ni el conocimiento, sino la visibilidad. Quien concentra miradas adquiere un capital que rápidamente puede transformarse en oportunidades comerciales. Las marcas lo saben. Los creadores de contenido también. Y las redes sociales premian la velocidad por sobre la profundidad.

El problema aparece cuando confundimos notoriedad con credibilidad. No toda persona viral es un referente. No toda historia que emociona genera autoridad para influir. Sin embargo, muchas estrategias de marketing parecen haber reducido esa diferencia a una simple métrica de alcance.

Esto representa un riesgo para las comunicaciones. Cuando las marcas construyen sus decisiones únicamente sobre la cantidad de reproducciones o seguidores, pueden terminar asociando su reputación a figuras cuya relevancia es tan efímera como el ciclo de tendencias de una plataforma. Lo que hoy genera millones de visualizaciones, mañana puede ser completamente olvidado o, peor aún, transformarse en una crisis reputacional.

Pero el desafío no es únicamente para las empresas. También es para los medios de comunicación. Durante décadas, los medios decidían qué era noticia. Hoy, muchas veces, las noticias nacen porque un contenido ya fue viral. En lugar de marcar la agenda, terminan siguiéndola. La consecuencia es una cobertura donde el interés público comienza a competir con el interés algorítmico.

Paradójicamente, nunca había sido tan fácil hacerse conocido y nunca había sido tan difícil construir prestigio. La influencia digital es inmediata, la confianza sigue siendo un proceso lento. Mientras la primera puede conseguirse en horas, la segunda requiere coherencia, responsabilidad y tiempo.

Quizás la pregunta ya no sea por qué aparecen estos nuevos influencers, sino por qué como sociedad seguimos premiando cualquier forma de atención, independientemente de su origen. Cada clic, cada compartido y cada comentario alimentan un sistema que convierte cualquier acontecimiento en una oportunidad de negocio.

La comunicación enfrenta entonces un dilema relevante. ¿Seguiremos midiendo el éxito por la capacidad de generar ruido o volveremos a valorar la capacidad de generar significado? Porque las audiencias cambian, los algoritmos evolucionan y las tendencias desaparecen. Lo único que permanece es la confianza. Y esa, afortunadamente, todavía no se vuelve viral.

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Equipo Prensa
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