Karen Pastene Troncoso
Rectora de John John High School
Docente y fundadora del proyecto educativo
Magister en Gestión y Liderazgo
Egresada de MBA Administración de Empresa

Educar nunca ha sido una tarea simple. Sin embargo, quienes vivimos diariamente la realidad escolar sabemos que hoy educar se ha vuelto más desafiante, más sensible y más urgente. Las familias enfrentan nuevas presiones; los docentes sostienen realidades cada vez más complejas; los niños, niñas y adolescentes crecen en medio de estímulos constantes, ansiedad, cambios culturales, redes sociales, dificultades de convivencia y una creciente necesidad de contención emocional.

Desde la teoría educativa podemos hablar de liderazgo, gestión, comunidad, clima escolar o formación integral. Pero desde la experiencia real de aula, de patio, de reuniones con apoderados, de acompañamiento a estudiantes y de conducción de un proyecto educativo, la conclusión es más profunda: ningún niño se forma solo, y ningún colegio puede educar de manera aislada.

Durante años, el debate educativo se ha concentrado en la calidad, los resultados, los aprendizajes y las mediciones. Sin embargo, en la vida cotidiana de las comunidades escolares ha ocurrido algo más profundo y menos visible: la incorporación progresiva de múltiples procedimientos, protocolos, exigencias administrativas y normativas vigentes que, si bien buscan resguardar derechos y ordenar la convivencia, muchas veces han tenido una bajada compleja en los colegios. Cuando estos marcos no se comprenden bien, o cuando se aplican sin suficiente criterio formativo, pueden generar temor, interpretaciones cruzadas, desconfianza y una sensación permanente de amenaza entre quienes deberían trabajar unidos.

En ese escenario, las relaciones comenzaron a tensionarse. Algunas familias sintieron que debían defenderse del colegio; algunos docentes sintieron que perdían autoridad; los equipos directivos quedaron muchas veces en medio de demandas, protocolos y expectativas difíciles de equilibrar; y los estudiantes, observando estas fracturas, también comenzaron a ubicarse en veredas distintas. El exceso de miedo, la entrega de poder sin límites claros, la falta de conversación oportuna y la instalación de corazas emocionales fueron deteriorando progresivamente el vínculo entre apoderados, docentes, equipos directivos y estudiantes.

Por eso, hoy la pregunta educativa no puede reducirse solo a cuánto aprenden los estudiantes o qué resultados obtenemos. También debemos preguntarnos qué tipo de comunidad estamos construyendo, cómo estamos interpretando las normas, cómo cuidamos la autoridad pedagógica, cómo protegemos los vínculos y cómo volvemos a poner los procedimientos al servicio de la formación humana, y no por encima de ella.

En Chile, muchas comunidades educativas están viviendo tensiones que no pueden reducirse a una sola causa. Hay familias cansadas, padres y madres con dudas sobre cómo poner límites, docentes emocionalmente exigidos, estudiantes con menor tolerancia a la frustración y colegios intentando responder a problemáticas que muchas veces nacen fuera de la sala de clases, pero impactan directamente en ella.

Frente a ese escenario, culpar es fácil. Construir comunidad es más difícil, pero mucho más necesario.

La familia no puede mirar al colegio como un adversario. El colegio no puede mirar a la familia como un problema. Los docentes no pueden quedar solos sosteniendo situaciones que requieren corresponsabilidad. Los equipos directivos no pueden limitarse a administrar protocolos sin cuidar el sentido formativo de cada decisión. Y los estudiantes no pueden quedar en medio de adultos divididos, desautorizados o desconectados.

Volver a educar juntos significa recuperar una convicción esencial: formar a un niño o a un joven requiere alianza. Requiere presencia adulta, límites claros, escucha activa, coherencia, respeto y propósito. Requiere comprender que la autoridad no se impone solo desde la norma, sino que se construye desde el vínculo, la consistencia y el ejemplo.

Como rectora y docente, he aprendido que la educación no ocurre solo cuando se enseña una asignatura. También ocurre cuando un adulto escucha antes de juzgar, cuando una familia decide acompañar en vez de rendirse, cuando un profesor sostiene con paciencia, cuando una comunidad elige reparar en vez de romper, y cuando un colegio se atreve a formar no solo estudiantes, sino personas.

Hoy nuestros niños y jóvenes necesitan más que información. Necesitan adultos presentes. Necesitan comunidades que los miren con esperanza, pero también con responsabilidad. Necesitan límites que los cuiden, palabras que los orienten y vínculos que les enseñen que no están solos.

Por eso, volver a educar juntos no es solo un eslogan. Es una invitación urgente. Es una forma de mirar la educación desde la vida real. Es reconocer que, en tiempos complejos, la respuesta no está en separarnos más, sino en volver a encontrarnos.

Educar es una tarea profundamente humana. Y cuando familia, colegio y comunidad caminan en una misma dirección, no solo mejora la convivencia: también se abre la posibilidad de formar generaciones con carácter, propósito, empatía y sentido.

Porque formar hoy no requiere adultos perfectos. Requiere adultos disponibles, coherentes y dispuestos a volver a caminar juntos.

 

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Equipo Prensa
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