Tras la PAES de Invierno, miles de jóvenes comienzan a proyectar dónde estudiar. En esa decisión pesan la carrera, el prestigio y las oportunidades futuras, pero también una dimensión mucho más concreta y menos visible, como que el campus funcione bien todos los días.
En Chile, la matrícula de pregrado superó los 1,3 millones de estudiantes en 2025. Cada uno de ellos usa salas, baños, laboratorios, bibliotecas, casinos, espacios comunes y servicios de apoyo que deben estar disponibles, limpios, seguros y operativos. Cuando eso falla, la vida académica se interrumpe. Y si esas fallas se gestionan por WhatsApp, planillas Excel o reclamos informales, las instituciones no sólo reaccionan tarde, sino que también pierden información clave para mejorar.
Y es que así como en la educación superior han avanzado en tecnología para apoyar los procesos académicos, también necesitan herramientas que les permitan gestionar mejor aquello que sostiene la vida diaria del campus
Si las universidades quieren mejorar la experiencia estudiantil, necesitan mirar la gestión del campus como parte central de su promesa educativa, porque una sala que no está lista, un baño sin condiciones adecuadas o una mantención sin seguimiento son señales concretas de cuánto una institución cuida, o descuida, la experiencia de quienes eligieron formarse en ella.





















