El reciente anuncio de las modificaciones respecto de los FONDECYT de Posdoctorado ha suscitado un importante debate en la comunidad científica. Y no es para menos. Un instrumento que durante años ha financiado investigaciones de alto nivel y ha posicionado a las universidades chilenas como referentes a nivel internacional está siendo cercenado por lógicas productivistas en favor de un mercado que, desde su origen, es inequitativo.
Aunque las críticas se han enfocado en que el gobierno ha decidido priorizar el financiamiento de investigaciones vinculadas con determinadas áreas como las ciencias naturales, el desarrollo tecnológico, la productividad y la seguridad, en detrimento de las ciencias sociales, las artes y las humanidades, es importante considerar que esta medida tiene impactos diferenciados en hombres y mujeres.
Y es que la propia Radiografía de Género del año 2025, documento del Ministerio de Ciencia cuyo objetivo es evidenciar las brechas existentes para las mujeres en el Sistema de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, ha sido claro en su diagnóstico: si bien en pregrado las mujeres han presentado durante los últimos años una participación superior a la de los hombres, la presencia femenina disminuye de manera paulatina en el ámbito de los posgrados. Sin embargo, en carreras vinculadas con la Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas, los hombres concentran el mayor porcentaje de matrícula en cada uno de los grados académicos: 70,3% en pregrado, 71% en magíster y 64,1% en doctorado. En cuanto a la adjudicación de becas de doctorado, durante el 2023 Ingeniería y Tecnología presentaron la mayor disparidad, con un 27,9%, correspondiente a 29 mujeres beneficiarias a nivel nacional en comparación con un 72,1% (75) hombres, según el documento citado. Por el contrario, en el caso de las Ciencias Sociales y Ciencias Médicas y de la Salud las becarias son en su mayoría mujeres, con un 61,9% y 65,1% respectivamente.
Es decir, las medidas adoptadas por el gobierno no solo están excluyendo áreas del conocimiento esenciales para nuestra propia humanidad, sino que, además, están perpetuando una ciencia concebida por y para los varones. Se consideran “poco prioritarios” justamente aquellos ámbitos que cuentan con una mayor representación femenina y en los cuales se desempeñan la mayoría de las académicas en Chile. Así, pues, no nos referimos únicamente a “un libro precioso, empastado, en la biblioteca”, como lo esbozó el actual presidente en mayo del presente año. Estamos hablando de que por muchas décadas los espacios universitarios fueron negados a las mujeres y a las personas racializadas. El acceso a estos libros preciosos y empastados ha requerido décadas de luchas, diagnósticos, de poner el cuerpo y la creatividad para romper esas barreras. Y pese a que ahora no existen leyes que nos prohíban asistir a las aulas universitarias, políticas como la que hoy se presenta generan esas barreras e inequidades que, afortunadamente, ya no son invisibles para nosotras.
Si a aquello le sumamos la decisión del gobierno de cerrar los Proyectos InES de Género, instrumento que ha contribuido a realizar cambios institucionales de gran envergadura para avanzar en la incorporación de las mujeres en la academia, el futuro de las mujeres ante la política científica es desalentador. Las modificaciones implementadas por el gobierno en los instrumentos destinados al financiamiento de las ciencias y tecnologías no solamente han generado inestabilidad en las propias instituciones de educación superior, también ponen en riesgo el acceso de las mujeres a espacios para la construcción del conocimiento, aunque afortunadamente no son los únicos. Es en este momento cuando se evidencia que la academia y la política científica no son neutrales y que, lamentablemente, en el caso de las mujeres los derechos nunca están asegurados.





















