La violencia en el sistema educativo chileno ha sido un tema que nos ha interpelado como nación.  Recientemente comenzó a regir la “Nueva Ley de Convivencia, Buen Trato y Bienestar de las Comunidades Educativas” que nace desde la necesidad de prevenir y erradicar la violencia escolar en las comunidades educativas. Más que una nueva normativa, representa un llamado urgente a cambiar la manera en que entendemos la convivencia, al interior de los colegios.

Son muchas las evidencias que nos indican que el sistema escolar requiere asumir un nuevo paradigma, para revertir esta mirada desesperanzadora acerca de las interacciones que se viven en nuestras comunidades educativas.

Esto no significa que los colegios y sus equipos directivos no se hayan abocado a la tarea de revertir esta tensión, al contario, buena parte de sus esfuerzos se concentran en esta labor ardua, lamentablemente, sin lograr los cambios esperados.

A mi juicio, el problema comienza cuando seguimos creyendo que el castigo, por sí solo, educa. La verdadera pregunta no es cómo sancionamos mejor, sino cómo enseñamos mejor a convivir. Los conflictos, generalmente, no surgen porque se tiene la intención deliberada de provocarlos, sino porque las personas interpretamos una misma realidad, desde perspectivas diferentes.

Cambiar la mirada a las personas y su sentir, pero más importante aún a la formación de estudiantes con herramientas concretas para enfrentar un conflicto y gestionar sus emociones, con valoración de sí mismos y que posean actitudes ciudadanas, es el camino. En este punto coincido plenamente con la nueva ley.

Para ello creo fundamental que los líderes educativos deben centrar la mirada en tres grandes ideas, para responder a: ¿Cómo construimos principios compartidos que nos permitan abordar los conflictos antes de que escalen hacia la violencia?

La primera de ellas es contar con un Proyecto Educativo claro y ampliamente compartido por la comunidad. Cuando no existe una visión común sobre el tipo de formación que se quiere ofrecer a los estudiantes, las diferencias dejan de enriquecer la convivencia y comienzan a transformarse en conflictos difíciles de gestionar.

La segunda idea y no menos trascendental, es trabajar en conjunto con las familias de sus estudiantes, fortaleciendo una verdadera alianza para lograr las metas que se han propuesto como comunidad educativa. Solo cuando la familia y el colegio trabajan unidos, los estudiantes reciben la educación que están llamados a recibir, desde la lógica de la corresponsabilidad. El error ha sido cuestionarse y trasladarse responsabilidades, en lugar de actuar de manera coordinada.

La tercera idea es comprender que una sana Convivencia Educativa no se da por sí sola o por suponer que todos los estudiantes “saben portarse bien”. La convivencia se enseña. Si no nos convencemos, nunca tendremos los espacios libres de violencia que tanto buscamos.

La pregunta entonces es evidente: ¿cómo enseñamos a convivir? Lo primero es comprender que los esfuerzos educativos no pueden concentrarse únicamente en lo académico. Sin restarle importancia, deben equilibrarse con el aprendizaje socioemocional, ciudadano y espiritual, eso es educación integral.

Debemos enseñar a nuestras niñas, niños y adolescentes a pertenecer y cuidar en cada acción a su comunidad y este desafío no puede descansar únicamente en las acciones que el Equipo de Convivencia Educativa proponga en su plan de gestión estratégico. La verdadera gestión de la convivencia ocurre diariamente en el aula. Por ello, el rol del docente es insustituible.

No es casualidad que el nuevo Marco para la Buena Enseñanza sitúe, en su Dominio B, la responsabilidad de crear ambientes propicios para el aprendizaje, entendiendo que enseñar supone construir relaciones de confianza, respeto, participación y altas expectativas para todos los estudiantes. En otras palabras, se reconoce que convivir también se enseña desde cada clase.

Muchas veces los docentes olvidan que, en el encuentro diario con sus estudiantes, ya cuentan con recursos poderosos, para enfrentar el proceso formativo de aprender a convivir. El currículum nacional ya ofrece herramientas para ello.

La dimensión actitudinal de los Objetivos de Aprendizaje y los Objetivos de Aprendizaje Transversales permiten enseñar, de manera intencionada, el respeto, la empatía, la colaboración, la autorregulación y el compromiso ciudadano, entre otras.

Desde esta perspectiva, la convivencia educativa deja de ser una respuesta frente al conflicto, para transformarse en una práctica pedagógica cotidiana que se fortalece con todas las acciones formativas que desarrolla la institución.

Si comprendemos la gestión de la convivencia desde la formación, la prevención, la promoción y la práctica cotidiana, estaremos entregando a nuestras niñas, niños y adolescentes verdaderos espacios de bienestar, seguridad y contención. Les permitiremos crecer en ambientes donde se sientan escuchados, protegidos y valorados. Porque la violencia escolar no disminuye solo reaccionando cuando ocurre, sino situando el aprendizaje de la convivencia en un lugar tan importante como Lenguaje o Matemáticas.

 

Yeisy López P.
Directora, John John High School
Magíster en Liderazgo y Gestión Educativa.
Profesora de Educación General Básica, especialista en Estudios y Comprensión de la Sociedad.
Postitulada en Historia, Geografía y Ciencias Sociales, Administración Educacional y Evaluación Educacional para el Aprendizaje.
Diplomada en Didáctica Interdisciplinaria de las Ciencias Sociales y en Convivencia Educativa y Mediación Escolar.

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