Pablo Donoso, académico de la Facultad de Ingeniería USACH
Durante casi dos siglos, las ecuaciones de Navier-Stokes han sido fundamentales para comprender el movimiento de los fluidos y contienen, a la vez, uno de los grandes problemas abiertos de la matemática.
A comienzos de septiembre, un sistema de inteligencia artificial participó decisivamente en la generación y verificación formal de una propuesta de solución al problema de existencia y regularidad. Mientras la propuesta se somete al necesario escrutinio de la comunidad científica, el proceso que condujo a ella revela una transformación de mayor alcance: la inteligencia artificial comienza a intervenir en la generación de nuevo conocimiento científico. La expansión de estas fronteras eleva paralelamente las exigencias sobre la formación necesaria para comprender y utilizar ese conocimiento.
Esta exigencia contrasta con los resultados de PISA 2025: en Chile, el 59% de los estudiantes de 15 años no alcanza el nivel básico de competencia matemática, frente a un 35% promedio en los países de la OCDE, mientras un 38% tampoco alcanza el nivel básico en comprensión lectora. El dato es relevante cuando la ciencia y la tecnología avanzan hacia problemas de creciente complejidad. La sofisticación de las herramientas disponibles no reduce la importancia de una formación fundamental sólida; por el contrario, la vuelve más determinante. Participar de las transformaciones tecnológicas exige comprender sus fundamentos, integrar conocimiento, evaluar e interpretar información, reflexionar críticamente y aplicar ese conocimiento frente a problemas que difícilmente pueden abordarse desde una sola disciplina.
Esta integración comienza a observarse en desarrollos tecnológicos que buscan responder simultáneamente a desafíos antes abordados por separado. Una nueva generación de baterías de agua de mar explora la posibilidad de combinar almacenamiento energético con desalación, captura de carbono y recuperación de recursos. Aunque su desarrollo enfrenta todavía importantes desafíos científicos y tecnológicos, resulta relevante por la lógica que representa: concebir soluciones a partir de la interacción entre sistemas y no únicamente desde la optimización de cada uno de sus componentes.
Para Chile, donde convergen recursos renovables, una extensa costa, actividad minera y estrés hídrico, esta lógica de integración abre oportunidades relevantes para la investigación, la innovación y el desarrollo tecnológico.
Participar activamente de estas transformaciones requiere un ecosistema capaz de generar conocimiento, potenciar el talento y crear las condiciones para que nuevas ideas se conviertan en soluciones. Este escenario representa una oportunidad para articular educación, investigación e innovación con los desafíos del entorno productivo y social. Aprovechar esa oportunidad permitiría fortalecer nuestra capacidad para desarrollar soluciones pertinentes, agregar conocimiento a las actividades productivas y abordar desafíos estratégicos según las necesidades del país.
Las fronteras del conocimiento seguirán expandiéndose y la velocidad de ese cambio probablemente continuará en aumento. Nuestra posición frente a ese futuro se define desde hoy: en la formación que ofrecemos, en el talento que logramos potenciar y en las condiciones que generamos para convertir conocimiento en respuestas a los desafíos de nuestro tiempo. Convertir el conocimiento en bienestar para la sociedad es la decisión que nos permitirá avanzar de lo posible al desarrollo.
















