En sus graduaciones universitarias de este año, miles de estudiantes en Estados Unidos abuchearon las menciones a la inteligencia artificial. Brad Smith, vicepresidente del consejo y presidente de Microsoft, no lo ve como un rechazo a la tecnología, sino como una señal crucial: la gente quiere participar en la decisión sobre cuándo y cómo se usa la IA.
Smith, quien ha pasado más de 40 años en el sector tecnológico —primero como abogado externo, luego como abogado de Microsoft y desde 2001 en puestos directivos—, lanza una advertencia clara a la industria: «no tan rápido».
La reacción de los graduados —desde los abucheos en las ceremonias hasta gestos simbólicos como las chaquetas “100 por ciento humanas” en Princeton— refleja un mensaje más profundo: la gente insistirá en tener voz en decidir cuándo y cómo se utiliza la IA. Smith interpreta esta inquietud como llamada de atención para toda la industria tecnológica.
«Las personas pueden usar la IA para mejorar», afirma el presidente de Microsoft, y pone ejemplos concretos: bomberos en California que detectan incendios más rápido, abogados en África que asisten mujeres sin acceso a defensor, equipos en Ucrania que identifican minas terrestres con ayuda de la IA. En todos estos casos, la tecnología no reemplaza la experiencia humana, sino que le da más impacto.
Smith insiste en que las habilidades difíciles de automatizar serán clave: curiosidad, creatividad, compasión, comunicación y coraje. «La ventaja no irá a la persona que más genere. Irá a la persona que entienda lo que se ha generado», dice, refiriéndose al concepto de cobertura cognitiva.
En cuanto a qué estudiar, su consejo es directo: «Llámenme anticuado, pero creo que la gente debería perseguir sus pasiones». La clave, según su visión, es combinar profundidad en un campo con fluidez en IA.
La ansiedad de los jóvenes no es exagerada. Smith reconoce que la IA ya automatiza tareas, especialmente en puestos de entrada, y que las empresas enfrentan presiones por costos y reducción de personal. Todo eso, junto con la incertidumbre económica, conforma una “tormenta perfecta” para quienes entran al mercado laboral.
Pero advierte contra el fatalismo. Históricamente, tecnologías como el procesamiento de textos, las hojas de cálculo y el correo electrónico no eliminaron trabajo: transformaron y expandieron lo que significa “trabajo”. «Cuando la tecnología aumenta la oferta, la ambición humana suele generar más demanda. Como humanos, no llegamos a un estancamiento. Nos expandemos», afirma Smith.
Su visión es clara: la IA, como tecnología de propósito general, desplazará algunos empleos, pero también creará otros y cambiará muchas formas de trabajo actuales. La clave es que su adopción no sea apresurada. Smith cita al entrenador John Wooden: «ser rápidos, pero no tener prisa».
Para empresas e instituciones, el mensaje es claro: la IA no debe sustituir la experiencia acumulada, sino fortalecerla. «El objetivo es claro: usar la IA para acelerar el aprendizaje en lugar de reemplazarlo», dice.
Smith insiste en que cada organización debe desarrollar capacidades internas de IA y proteger sus datos. «Los beneficios de la IA para una empresa serán efímeros si existe un coste oculto que transfiere y entrene el modelo de IA de otra persona a través del conocimiento y la experiencia únicos de la empresa», señala.
La magnitud de la transformación exige una conversación pública amplia. No solo tecnológicas y gobiernos, sino también trabajadores, sindicatos, universidades y comunidades religiosas deben participar. «¿Quién sabe mejor cómo funcionan los lugares de trabajo y cómo se hace el trabajo que quienes trabajan para ganarse la vida?», pregunta Smith, citando a Liz Schuler, presidenta de la AFL-CIO.
Su visión final es optimista, aunque realista. La ambición humana sigue siendo la fuerza decisiva. Esta expansión dependerá de que la IA se use para fortalecer la dignidad del trabajo, no para vaciarla.
Para el mundo educativo, el mensaje es claro: la IA ya no es lejana, es una realidad que exige repensar cómo se enseña, qué se aprende y para qué. El desafío, como dice Smith, es formar personas capaces de convivir con la tecnología sin renunciar a lo más humano de su futuro.





















