Constantemente se nos invita a reconocer a quienes han elegido una de las tareas más trascendentes de nuestra sociedad: acompañar a niños y jóvenes mientras descubren el mundo y quiénes pueden llegar a ser. Sin embargo, celebrarlos debiese significar más que agradecer. Debiese invitarnos a reflexionar cómo los estamos acompañando.
Como mentora en Enseña Chile he recorrido distintos territorios del norte y acompañado a docentes que buscan permanentemente mejorar. Pero, sobre todo, he descubierto uno de los mayores tesoros que tenemos como país: una profunda vocación de servicio. Lo más valioso de esta experiencia no ha estado en los paisajes, sino en las personas. Porque enseñar no es solamente lograr aprendizajes, es construir cimientos, descubrir talentos y sostener altas expectativas.
Pero esa vocación no puede sostenerse únicamente en el esfuerzo individual. Si reconocemos a los docentes como agentes de cambio, debemos asumir nuestra responsabilidad de acompañarlos en este camino: Invertir en su desarrollo profesional es invertir en las oportunidades de nuestros estudiantes.
Celebrar a las y los profesores es celebrar la esperanza, pero también asumir un compromiso. Porque los cambios más profundos del país comienzan en la sala de clases y quienes los hacen posibles merecen nuestro reconocimiento y acompañamiento.
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