Chile está entrando en una nueva etapa del trabajo. La Inteligencia Artificial ya forma parte de la actividad cotidiana y, según datos difundidos por Emol a partir del Anthropic Economic Index, el país presenta uno de los niveles de adopción más altos de la región y supera el promedio global. Es una señal relevante, pero también obliga a una pregunta: ¿estamos aprendiendo a trabajar con IA o simplemente a depender de ella?

La IA puede procesar información, detectar patrones, generar alternativas y acelerar tareas. Su capacidad para aumentar productividad es evidente. El problema aparece cuando confundimos velocidad con calidad, automatización con inteligencia o una respuesta bien redactada con una decisión correcta.

En seguridad y salud en el trabajo, esta distinción resulta especialmente importante. Una herramienta puede identificar una tendencia de riesgo, generar una alerta o proponer una medida preventiva en segundos. Pero no conoce por sí misma el contexto de una organización ni aquello que muchas veces no aparece en una base de datos.

Por eso, antes de incorporar IA en procesos que afectan a las personas, hay preguntas que no deberíamos saltarnos: ¿qué problema concreto queremos resolver?, ¿qué datos utiliza el sistema y qué calidad tienen?, ¿qué puede hacer autónomamente y qué requiere validación?, ¿quién supervisa y responde por sus resultados?, y ¿cómo sabremos si realmente estamos mejorando?

El riesgo mayor es que las personas dejen de cuestionar resultados porque parecen objetivos, rápidos y sofisticados. Un dato incompleto seguirá produciendo una conclusión incompleta. Un sesgo de origen puede transformarse, mediante un algoritmo, en una decisión aparentemente impecable.

La transformación tecnológica no debería sustituir el conocimiento humano, sino elevarlo. La IA debe liberar tiempo para aquello que exige mayor capacidad profesional: interpretar, contrastar, anticipar, escuchar, decidir y hacerse responsable.

En prevención, esto es evidente. Ningún algoritmo reemplaza la mirada del experto que entra a un lugar de trabajo, observa una conducta, conversa con una persona y comprende un contexto. Puede ayudarlo a llegar mejor preparado. Pero la decisión sigue necesitando criterio.

Chile tiene una oportunidad. La velocidad con que estamos adoptando IA puede convertirse en una ventaja competitiva, siempre que no confundamos adopción con madurez. No se trata de usar más inteligencia artificial. Se trata de usarla mejor.

El futuro del trabajo no será humano contra máquina. Será, cada vez más, humano con máquina. La diferencia entre una organización que simplemente automatiza y otra que realmente aprende estará en algo que ninguna tecnología puede garantizar por sí sola: la capacidad de las personas para pensar, cuestionar y responder por sus decisiones.

La IA puede procesar información en segundos. La responsabilidad, todavía, tiene nombre y apellido.

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Equipo Prensa
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