A seis meses de la entrada en vigencia de la ley que regula el uso de celulares en los colegios, y cumplido el plazo para actualizar los reglamentos internos, tenemos una oportunidad que va mucho más allá de guardar los teléfonos celulares, preguntarnos qué queremos recuperar en nuestras salas.

En Saint George’s College, la restricción gradual de celulares nos mostró que limitar su uso no significa rechazar la tecnología. Significa algo mucho más importante, que es decidir cuándo, cómo y para qué queremos utilizarla. Por eso impulsamos “Desconectarse”, una campaña con sentido formativo que busca fortalecer la convivencia, el bienestar y la capacidad de estar presentes.

Los primeros resultados son alentadores. El estudio Después del celular de EducomLab, donde participamos y con quienes venimos trabajando desde principios del 2025, muestra que más del 70% de los colegios que han restringido el uso de celulares observa mejoras en la concentración, la interacción cara a cara y el clima de aprendizaje.

Pero sería ingenuo pensar que el desafío termina cuando guardamos el teléfono móvil. La verdadera pregunta recién comienza. ¿Cómo educamos a niños y jóvenes para que la tecnología amplifique sus capacidades y no termine reemplazando su atención, sus vínculos o su pensamiento?

Hoy el debate se orienta a la inteligencia artificial. El 64,8% de los colegios declara un uso frecuente de IA generativa para tareas escolares, según ese mismo estudio. 

Por eso, como educadores, tenemos la responsabilidad mayor de defender el humanismo en la era de la inteligencia artificial. La irrupción de la IA nos obliga a revisar qué significa educar. Y sabemos que no es solo transmitir contenidos, sino formar personas capaces de pensar, discernir, crear, relacionarse y aportar a la sociedad.

La nueva encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV nos plantea el desafío especialmente pertinente de enseñar a utilizar la IA con criterio, pero también a saber cuándo no utilizarla.

Porque la tecnología puede entregar respuestas, pero el entorno escolar debe seguir despertando preguntas. Y también vínculos, curiosidad, empatía y preocupación por los otros. Ese es, quizás, el gran desafío educativo. Que nuestros estudiantes aprendan a usar la tecnología sin permitir que la tecnología aprenda a usarlos a ellos.

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Equipo Prensa
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