La llegada de los procesos de evaluación docente vuelve a poner sobre la mesa la tensión entre el cumplimiento normativo y el desarrollo  profesional continuo. Especialistas advierten que evaluar la práctica pedagógica no debe reducirse a la recolección de evidencias, sino que a una oportunidad para fortalecer la enseñanza y el aprendizaje.

Con el inicio de los procesos de evaluación docente en distintos establecimientos del país, cientos de profesores comienzan una etapa marcada por la preparación de portafolios, la recopilación de evidencias y el cumplimiento de distintos requerimientos administrativos. Sin embargo, especialistas en educación plantean que el verdadero valor de este proceso está en la posibilidad de reflexionar sobre la práctica pedagógica y fortalecer el desarrollo profesional.

Desde Academia Ziemax sostienen que resulta clave que los establecimientos promuevan rescatar el sentido formativo de la evaluación como un espacio de reflexión pedagógica.

«Cuando se aproxima el período de evaluación docente, es habitual que aumente la presión sobre los equipos pedagógicos. Sin embargo, evaluar la práctica no debiera significar únicamente completar formularios o cumplir con estándares de manera acelerada. Lo fundamental es rescatar el sentido formativo de la evaluación, transformándola en un espacio de reflexión crítica sobre lo que ocurre cotidianamente en la sala de clases», explica Giselle Sepúlveda, Coordinadora Curricular de Academia Ziemax, expertos en desarrollo del pensamiento.

La especialista señala que, para lograr ese objetivo, es fundamental que los establecimientos fomenten el trabajo colaborativo, la observación entre pares y la retroalimentación constructiva como parte de una cultura de mejora continua.

“La evaluación docente no cobra sentido en el resultado final de un portafolio, sino en la capacidad de la comunidad educativa para mirar su propia práctica, dialogar sobre los aprendizajes de los y las estudiantes y fortalecer el desarrollo profesional con autonomía y rigor pedagógico”, afirma.

Junto con fortalecer la práctica docente, otro de los desafíos consiste en resguardar el bienestar socioemocional del profesorado. La carga asociada al diseño de clases, la elaboración de instrumentos y la sistematización de evidencias suele extenderse más allá de la jornada laboral, aumentando el estrés y la sobrecarga.

En ese contexto, Sepúlveda plantea que el acompañamiento institucional cumple un rol clave. «Es indispensable que los liderazgos educativos resguarden espacios de planificación dentro de la jornada laboral e impulsen procesos de formación continua que entreguen herramientas prácticas para enfrentar la evaluación con mayor seguridad y confianza», señala.

La experta agrega que una adecuada organización institucional, junto con un clima de confianza y autocuidado, permite que la evaluación deje de percibirse como una exigencia administrativa y se transforme en una instancia de aprendizaje profesional.

«No podemos exigir una enseñanza diversificada y acogedora si no cuidamos el bienestar de quien enseña. Proteger los tiempos socioemocionales y de planificación docente es una decisión estratégica para garantizar la calidad del proceso educativo y la sostenibilidad de la labor profesional», enfatiza.

Para los docentes, una de las principales recomendaciones es evitar rehacer completamente su planificación con el único objetivo de responder a la evaluación. Según la especialista, el principal insumo ya está presente en el trabajo cotidiano que desarrollan con sus estudiantes.

«El valor pedagógico surge de visibilizar cómo las decisiones didácticas favorecen la comprensión, la participación y el pensamiento crítico en el aula. Más que generar nuevas evidencias, es importante organizar el trabajo en torno a objetivos claros, seleccionar experiencias representativas y apoyarse en el trabajo colaborativo con otros docentes», concluye Giselle Sepúlveda.

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Equipo Prensa
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