Cada 4 de julio se conmemora el Día Mundial de los Delfines en Cautiverio, una fecha impulsada internacionalmente por el Dolphin Project —organización fundada por Ric O’Barry, ex entrenador de la serie Flipper— para visibilizar la situación de los cetáceos que viven en delfinarios, parques acuáticos y programas de «natación con delfines» en distintas regiones del mundo.

Aunque la industria del entretenimiento acuático suele presentar el cautiverio como una herramienta educativa y de conservación, la evidencia científica ha cuestionado esa narrativa de manera sostenida. Investigaciones desarrolladas por la neurocientífica Lori Marino y otros especialistas en cognición animal han documentado en los delfines (en particular en el delfín mular, Tursiops truncatus) capacidades comparables a las de los grandes simios: autorreconocimiento en el espejo, uso de silbidos identitarios individuales, transmisión cultural de comportamientos y estructuras sociales complejas.

Más que un espectáculo: lo que dice la evidencia

En libertad, los delfines recorren decenas de kilómetros por día, bucean a profundidades considerables y se organizan en grupos sociales dinámicos. Las piscinas de los delfinarios, por más amplias que sean, no replican esas condiciones.

Diversos estudios han documentado que los delfines mantenidos en cautiverio presentan niveles elevados de cortisol, conductas estereotipadas, como nadar en círculos repetitivos o permanecer inactivos en la superficie, mayor mortalidad neonatal y, en algunos casos, expectativas de vida reducidas respecto de las poblaciones silvestres. La separación temprana de las crías, los traslados entre instalaciones y la exposición continua al contacto con visitantes son factores que la literatura especializada asocia a estos indicadores.

Un modelo sostenido por el turismo en la región

América Latina y el Caribe concentran una porción significativa de los delfinarios y programas de interacción con cetáceos a nivel mundial, en gran medida vinculados al turismo internacional. México, República Dominicana, Cuba, Jamaica y Bahamas son algunos de los destinos donde estos programas operan de manera intensiva, frecuentemente como parte de paquetes turísticos all-inclusive.

En las últimas dos décadas, varios países de la región han adoptado restricciones al uso de cetáceos en espectáculos y a su captura para exhibición. Brasil estableció tempranamente regulaciones del IBAMA que limitaron esas actividades. Chile incorporó normativa que restringe la captura, importación y exhibición de cetáceos. Otros países, como Costa Rica y Bolivia, avanzaron en marcos legales sobre el uso de animales silvestres en espectáculos. En paralelo, países como Francia, Canadá e India han adoptado restricciones similares en años recientes, en algunos casos prohibiendo expresamente el cautiverio de cetáceos con fines de exhibición.

El caso argentino

En Argentina, dos instalaciones mantienen actualmente cetáceos en cautiverio: el Aquarium de Mar del Plata y Mundo Marino, en San Clemente del Tuyú. El delfinario que operaba en el ex Zoológico de Buenos Aires fue desactivado en el marco de la transformación del predio en Ecoparque.

«El cautiverio de delfines es una de las expresiones más visibles de un modelo que sigue tratando a los animales como recursos para el consumo humano, esta vez bajo la forma del entretenimiento. Hablamos de individuos con vidas sociales complejas, con vínculos. No se trata de mejorar las piscinas: se trata de cerrarlas», finalizó Jesica Bon Denis, fundadora y directora ejecutiva de Animal Interseccional.

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Equipo Prensa
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