Nicole Vargas Académica Magíster Interdisciplinario para el Acompañamiento de Personas Autistas UDLA Sede Viña del Mar

Hay una escena que se repite en colegios, universidades y trabajos. Una persona autista está quieta, no interrumpe, mira cuando se le pide y no reclama por el ruido. Entonces alguien dice: “qué bien se adaptó”. Pero tal vez no se adaptó. Tal vez aprendió a desaparecer.

Durante años se ha confundido inclusión con obediencia. Se celebra que niños, jóvenes y adultos autistas “funcionen” en espacios que muchas veces no fueron pensados para ellos. Si no se tapan los oídos, si no se mueven o si no muestran una crisis, se dice que están incluidos. Pero pocas veces se pregunta qué pasa por dentro.

A ese esfuerzo por parecer “normal” se le llama masking o camuflaje social. Consiste en ocultar rasgos autistas, forzar el contacto visual, imitar gestos o actuar con calma cuando internamente hay sobrecarga. No es una simple habilidad social. Muchas veces es sobrevivencia.

El sistema premia eso; al estudiante que no se mueve, aunque le ayude a regularse; a la trabajadora que no pide ajustes, aunque llegue a casa destruida; al niño que “se porta bien”, aunque contenga una crisis durante toda la jornada. Se llama buena conducta a lo que, a veces, es sufrimiento silencioso.

La evidencia científica advierte este costo. El camuflaje sostenido se asocia con ansiedad, depresión, estrés, pérdida de identidad y burnout autista. Dicho de forma simple, parecer “normal” puede salir carísimo, no porque haya algo malo en la persona autista, sino porque es injusto exigirle que oculte quién es para pertenecer.

El burnout autista no es flojera ni exageración. Es un agotamiento físico, mental y emocional profundo, asociado a meses o años de demandas sociales, sensoriales, académicas o laborales sin apoyos adecuados. Por eso, cuando alguien baja su rendimiento, se aísla o ya no puede hacer cosas que antes hacía, no siempre hay retroceso. A veces, el cuerpo cobra una cuenta acumulada.

Chile ha avanzado en visibilizar el autismo, pero falta un giro cultural. Se debe dejar de medir la inclusión por cuánto logra una persona parecer neurotípica. Estar en una sala no siempre es participar. Tener contrato no siempre es inclusión laboral.

La inclusión real no se mide por la desaparición de los rasgos autistas, sino por eliminar las barreras que obligan a ocultarlos. Si para pertenecer una persona autista debe ocultarse hasta agotarse, entonces no se está incluyendo, se está enseñando a desaparecer.

 

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Equipo Prensa
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