En educación solemos hablar de curiculum y de resultados de aprendizaje en pruebas nacionales e internacionales, pero con demasiada frecuencia dejamos fuera una dimensión decisiva: las emociones. El aprendizaje no es un proceso puramente cognitivo; está profundamente mediado por las emociones y motivaciones. Cuando esa dimensión falla, el aprendizaje simplemente se bloquea.
Un ejemplo crítico es la ansiedad matemática. Lejos de ser una dificultad menor, se trata de un estado emocional negativo que genera tensión y temor frente a tareas numéricas, interfiriendo directamente en la capacidad de razonar, de recordar información y de resolver problemas. La evidencia muestra una relación inversa clara: a mayor ansiedad, menor rendimiento, configurando un círculo vicioso que comienza temprano y tiende a intensificarse con los años.
El problema es particularmente grave en Chile. Según PISA 2022, el país se ubica entre aquellos con mayores niveles de ansiedad matemática a nivel internacional. Pero el impacto no es homogéneo. Las niñas suelen evidenciar niveles más altos de ansiedad matemática que los niños, a pesar de que la evidencia es contundente en que ambos tienen igual potencial en esta área. Esta diferencia no es biológica, sino cultural: estereotipos persistentes, expectativas sociales y experiencias educativas que minan la confianza terminan instalando una brecha de género que luego se proyecta en la elección de trayectorias educativas.
No es casualidad que la ansiedad matemática esté asociada a conductas de evitación: estudiantes que dejan de participar, que no hacen preguntas y que, más adelante, descartan carreras STEM. Así, lo que comienza como una emoción no abordada en la escuela, termina afectando la diversidad en áreas estratégicas para el desarrollo del país.
La buena noticia es que sabemos que la ansiedad matemática puede identificarse tempranamente, incluso en los primeros años de escolaridad, monitorearse de modo frecuente en los establecimientos educacionales y que existen estrategias de enseñanza de esta asignatura que la previenen o aminoran.
El desafío, entonces, es cultural e institucional. Implica formar docentes capaces de reconocer y abordar las emociones en el aula, promover ambientes donde prime el placer por descubrir soluciones a desafíos, donde el error no sea censurado, sino aprovechado para razonar, y trabajar activamente contra los estereotipos de género. Pero, sobre todo, implica asumir que, sin seguimiento sistemático de estas variables, cualquier esfuerzo de mejora será incompleto.
Si Chile quiere avanzar en matemáticas —y cerrar brechas de género persistentes— debe empezar por mirar aquello que hoy permanece invisible. La ansiedad matemática es una de las claves para entender por qué no estamos logrando que todos los estudiantes aprendan, confíen y proyecten su futuro en igualdad de condiciones.





















