Fundación ALMA advierte que la respuesta a la violencia escolar debe ir más allá del control y avanzar hacia una estrategia preventiva basada en vínculos, cuidado y articulación territorial.
Santiago, 24 de abril de 2026.- La reciente aprobación en la Cámara del proyecto de Ley de escuelas protegidas vuelve a instalar un debate urgente y necesario: cómo resguardar efectivamente a niños, niñas, docentes y comunidades educativas frente a la violencia. Para Fundación ALMA, la discusión no puede quedarse en medidas de control, vigilancia o sanción, sino que debe abordar el problema desde su raíz: la necesidad de fortalecer los vínculos, la convivencia y las capacidades emocionales que se construyen desde la primera infancia.
En un escenario donde la preocupación por la seguridad escolar crece, la directora ejecutiva de Fundación ALMA, Carmen de la Maza, plantea que la respuesta más efectiva no está en endurecer el entorno, sino en fortalecer las condiciones que permiten prevenir la violencia antes de que aparezca. “La protección real de niños y niñas no se logra con más vigilancia, sino con más vínculo, más prevención y una comunidad educativa que acompañe desde la primera infancia”, señala.
Donde todo inicia
Desde la fundación sostienen que este debate exige mirar más allá del aula y reconocer que la convivencia escolar es el reflejo de procesos que comienzan mucho antes de la etapa escolar. En ese sentido, la primera infancia aparece como una piedra angular para cualquier política pública seria en materia de prevención. Los vínculos afectivos tempranos, la escucha, la validación y el cuidado cotidiano son factores protectores decisivos para el desarrollo emocional de niños y niñas, y constituyen la base sobre la que luego se construyen habilidades de autorregulación, diálogo y resolución de conflictos.
“Un niño que se siente escuchado, validado y querido en su hogar desarrolla la arquitectura emocional necesaria para resolver conflictos sin recurrir a la violencia”, afirma De la Maza. Desde esa perspectiva, el desafío no es solo contener situaciones críticas cuando ya han estallado, sino invertir antes en desarrollar las habilidades emocionales que disminuyen la probabilidad de que esas situaciones ocurran.
Familia y escuela, una alianza clave
ALMA también pone el acento en la transformación del vínculo entre familia y escuela. La organización plantea que este nexo debe evolucionar desde una relación principalmente administrativa o de fiscalización hacia una verdadera comunidad de aprendizaje, donde apoderados, docentes y redes de apoyo trabajen de manera colaborativa en la formación integral de niños y niñas, donde se comparta la responsabilidad por educar a niños y jóvenes, no sólo de cumplir el currículum. Esto implica reconocer a las familias no como observadoras externas del proceso educativo, sino como agentes fundamentales del desarrollo.
“Si queremos escuelas seguras, necesitamos comunidades educativas más fuertes, donde familias, docentes y Estado trabajen juntos y no por separado”, agrega la directora ejecutiva. Para la fundación, cuando existe confianza entre escuela y familia, también se fortalece la capacidad de acompañar tempranamente a niños y niñas, detectar señales de alerta y generar entornos más protectores y cohesionados.
En esa misma línea, ALMA advierte que la articulación del ecosistema es indispensable. La protección de la infancia no puede descansar únicamente en la labor de los establecimientos educacionales ni en la acción aislada de las familias. Se requiere un trabajo coordinado entre el Estado, las escuelas y la comunidad, capaz de generar pertenencia, apoyo y continuidad. La fundación insiste en que la política pública debe ir más allá de legislar sanciones y avanzar en el financiamiento de programas de alfabetización emocional para familias, junto con acciones preventivas de salud mental y acompañamiento temprano.
“Más muros, más vigilancia o más castigo no resuelven el problema de fondo; la prevención empieza en el cuidado, el diálogo y la salud emocional”, sostiene De la Maza. A su juicio, pensar la escuela solo como un espacio que debe blindarse frente al conflicto es una mirada limitada. Lo que se necesita, en cambio, es que las escuelas vuelvan a ser el corazón de los barrios, lugares de encuentro y pertenencia donde la comunidad se reconozca, se organice y cuide activamente a sus niños y niñas.
Volver a lo esencial
Desde Fundación ALMA subrayan que este enfoque preventivo no es una idea abstracta ni una aspiración teórica, sino una orientación práctica que ha demostrado impacto cuando se trabaja desde la primera infancia y con las familias como protagonistas del aprendizaje. En ese marco, la lectura compartida, el juego y el acompañamiento parental no son solo herramientas pedagógicas, sino medios concretos para fortalecer la confianza, la vinculación y las habilidades emocionales que sostienen una convivencia más sana.
La organización enfatiza además que recurrir exclusivamente a medidas de infraestructura o control puede transmitir una falsa sensación de seguridad, sin resolver las causas profundas que alimentan la violencia. Por eso, la discusión pública debería centrarse en cómo generar comunidades educativas más cuidadoras, más articuladas y más capaces de sostener el desarrollo integral de niños y niñas desde los primeros años de vida.
“La evidencia muestra que reforzar el control no reemplaza el trabajo preventivo. Sin vínculos sólidos y desarrollo socioemocional temprano, cualquier medida termina operando solo como contención momentánea”, concluye Carmen de la Maza.
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