En Chile hablamos mucho de la necesidad de contar con más técnicos para enfrentar los desafíos del desarrollo productivo. Pero hay una conversación que todavía tenemos pendiente: ¿qué tan cerca está hoy el mundo de la empresa de la educación técnico-profesional? Y, más específico aún, ¿qué tan cerca está ese mundo de las estudiantes mujeres que hoy se están formando en él?
Las cifras muestran una brecha evidente. De acuerdo a datos entregados por SOFOFA, mientras la participación laboral femenina alcanza un 53% a nivel nacional, en la manufactura las mujeres representan solo el 26% de la fuerza laboral; en minería, el 12%; y en construcción, apenas el 8%. Son industrias que necesitan talento técnico con urgencia y, sin embargo, siguen siendo mundos donde ellas llegan tarde, llegan poco o, muchas veces, no llegan.
No es solo un problema de participación femenina. Es una señal de que todavía tenemos mucho que hacer para acercar a las nuevas generaciones —y en particular a las jóvenes— a las industrias que necesitan de su talento.
Porque una persona difícilmente elige un camino que no conoce. Y a las mujeres, ese camino muchas veces ni siquiera se les muestra.
Muchas decisiones sobre el futuro profesional comienzan durante la enseñanza media. Una experiencia práctica, un referente, una visita a una empresa o la posibilidad de conocer cómo se trabaja en una industria pueden hacer visible una alternativa que antes ni siquiera estaba en el mapa. Para una estudiante que nunca ha visto a una mujer operando maquinaria pesada, liderando una planta o diseñando un proceso productivo, esa industria simplemente no existe como opción. No porque le falten capacidades, sino porque nadie se las mostró.
Por eso, la relación entre las empresas y la educación técnico-profesional no puede comenzar cuando aparece una vacante. Si necesitamos talento técnico —y necesitamos más mujeres en él— tenemos que involucrarnos antes de necesitar contratarlo.
Eso significa abrir nuestras industrias, generar experiencias de aprendizaje, conectar a estudiantes y docentes con profesionales, y mostrar, con nombre y apellido, que detrás de una especialidad técnica hay mujeres que ya están ahí, construyendo carreras reales en manufactura, minería y construcción.
También significa preguntarnos quiénes están teniendo acceso a esas oportunidades. Porque si queremos que más mujeres lleguen a estas industrias, no basta con decirles que hay espacio para ellas. Tenemos que asegurarnos de que puedan conocer ese espacio, imaginarse en él y prepararse para ocuparlo.
La educación técnico-profesional no debería ser el último eslabón antes de entrar al mundo laboral. Debería ser un puente permanente entre quienes se están formando y las empresas que necesitan esas capacidades. Y ese puente tiene que estar diseñado también para que ellas lo crucen.
Ahí tenemos una responsabilidad concreta como empresas: dejar de pensar en el talento técnico femenino solo como una cifra pendiente y empezar a verlo como una relación que se construye desde mucho antes.
Porque el talento que Chile necesita no aparece por generación espontánea. Se descubre, se forma y se le abre la puerta. Y cuando eso sucede, la pregunta se hace evidente:
¿Quién dijo que este mundo no era para ellas?





















