La irrupción de la inteligencia artificial en la generación de imágenes y animaciones ha transformado la forma en que se desarrollan los procesos creativos. Plataformas capaces de producir ilustraciones y secuencias audiovisuales a partir de simples instrucciones escritas, han abierto nuevas posibilidades para la industria, pero también instalado interrogante sobre el futuro del trabajo creativo.
Para Catherine Gelcich, Directora de la Carrera de Animación Digital de Universidad de Las Américas, este escenario no reemplaza al profesional, sino que redefine su rol. «El animador tiene hoy el desafío de posicionarse como un agente mediador entre la capacidad técnica de la IA y los objetivos creativos de un proyecto. El criterio humano sigue siendo central para construir experiencias visuales significativas», afirma.
La académica explica que uno de los principales cambios radica en la necesidad de desarrollar nuevas competencias. «La animación es un lenguaje en sí mismo. Hoy existe un gran desafío al tener que traducir la creatividad en instrucciones para una herramienta tecnológica. Esa capacidad requiere conocimientos que van mucho más allá del dominio técnico tradicional», señala.
No obstante, advierte que el uso indiscriminado de estas plataformas también puede generar riesgos. «La automatización de ciertos procesos puede favorecer la homogeneización de las producciones o incluso una desprofesionalización de la disciplina si no existe una mirada crítica por parte del animador», sostiene.
Gelcich enfatiza que existen aspectos esenciales de la formación que ninguna tecnología puede sustituir. Aprender a observar el mundo, comprender el movimiento, construir una estética propia o desarrollar una narrativa con sentido, son procesos profundamente humanos. «La experiencia del movimiento corporal, el trabajo con el dibujo, la relación con la línea, la voz o los contextos culturales son dimensiones intransferibles. La creatividad conceptual, el pensamiento crítico y la ética profesional no se pueden automatizar», explica.
En esa línea, considera que la inteligencia artificial debe entenderse como una herramienta de apoyo y no como un reemplazo del proceso creativo. «Si la creación se basa únicamente en algoritmos que combinan patrones existentes, eso no es creación; es una fórmula. La originalidad aparece en el proceso creativo, no en la repetición de modelos previos», afirma.
Respecto de la formación universitaria, plantea que las carreras de animación deben preparar profesionales capaces de adaptarse a un entorno en permanente transformación. «Es necesario fortalecer habilidades como la adaptabilidad, el aprendizaje continuo y la colaboración interdisciplinaria para que los futuros animadores puedan liderar procesos donde la inteligencia artificial sea una herramienta complementaria y no una amenaza», indica.
Asimismo, advierte que el desarrollo de estas tecnologías abre importantes desafíos éticos. «Existe el riesgo de apropiación de estilos, estéticas y conceptos sin consentimiento de sus autores, lo que puede afectar tanto los derechos legales como el valor moral del trabajo creativo», comenta.
Finalmente, la experta de Universidad de Las Américas sostiene que el futuro de la animación dependerá de la capacidad de equilibrar innovación y tradición. «Las escuelas de animación tenemos un rol clave en construir una convivencia entre las nuevas tecnologías y las metodologías tradicionales. El criterio humano, la creatividad, el conocimiento y el mundo de lo sensible seguirán siendo espacios irremplazables en la creación de imágenes en movimiento», concluye.





















