Hay fenómenos adolescentes que tendemos a mirar con sospecha antes de intentar comprenderlos. Farmear Aura parece ser uno de ellos. En las últimas semanas, esta expresión y las conductas asociadas a ella han generado comentarios, críticas y, en algunos casos, preocupación. Pero quizás antes de preguntarnos qué tiene de malo, deberíamos detenernos a observar qué está ocurriendo realmente.
Porque detrás de una tendencia que puede parecer trivial hay algo que, desde la educación, debiera interesarnos profundamente: jóvenes que se encuentran, participan, se ríen y comparten espontáneamente con otros.
Esto adquiere especial relevancia en contextos escolares donde la convivencia representa un desafío permanente. En colegios vulnerables, la violencia, el consumo de drogas, el narcotráfico y las dificultades de relación entre estudiantes suelen ocupar buena parte de nuestras preocupaciones. Por eso resulta interesante encontrarnos con una actividad que, con todas sus particularidades, consigue movilizar a los estudiantes desde un lugar distinto: la participación voluntaria y el encuentro con sus pares.
¿No es, acaso, parte de lo que llevamos años buscando?
Durante mucho tiempo hemos advertido que nuestros niños y adolescentes pasan demasiadas horas frente a las pantallas. Nos preocupa que disminuyan las conversaciones cara a cara, que los espacios de juego espontáneo sean cada vez menos frecuentes y que la vida escolar pierda parte de su dimensión comunitaria.
Y entonces aparece una actividad que consigue, precisamente, sacar a los estudiantes de la lógica individual de la pantalla y llevarlos a un espacio compartido.
Se reúnen. Se ríen. Inventan códigos. Se observan. Participan. Se reconocen entre ellos.
Quizás no debamos mirar ese fenómeno únicamente como una conducta que hay que controlar, sino también como una señal que debemos aprender a interpretar.
Por supuesto, eso no significa que todo comportamiento adolescente deba ser validado ni que cualquier tendencia pueda transformarse automáticamente en una experiencia educativa. La escuela tiene la responsabilidad de establecer límites, formar criterios y enseñar a distinguir entre aquello que contribuye a una buena convivencia y aquello que la perjudica.
Pero educar también significa aprender a leer la cultura de los estudiantes.
Y Farmear Aura puede estar diciéndonos algo.
Puede estar mostrando que los adolescentes siguen necesitando algo tan básico como sentirse parte de un grupo, ser reconocidos, compartir un lenguaje propio, jugar y reírse juntos. Necesitan espacios donde no todo esté previamente organizado por los adultos y donde puedan construir, aunque sea por un momento, una cultura propia.
En ese sentido, hay algo paradójico.
En nuestra búsqueda por recuperar aquella escuela que muchos adultos recuerdan con nostalgia —la escuela de los recreos largos, los juegos, las bromas, los códigos compartidos y las amistades que nacían espontáneamente— quizás estamos mirando demasiado hacia atrás.
Los adolescentes actuales también están construyendo esa cultura escolar, solo que lo hacen con códigos diferentes a los nuestros.
La pregunta educativa, entonces, no debería ser solamente cómo eliminar aquello que no comprendemos. Debería ser también cómo aprovechar aquello que espontáneamente consigue convocar a nuestros estudiantes.
¿Qué están encontrando ahí que nosotros, como escuela, deberíamos ser capaces de ofrecer de otras maneras?
Si queremos formar jóvenes capaces de convivir, participar, relacionarse y disfrutar sanamente de estar con otros, necesitamos crear más oportunidades para que esas capacidades se ejerciten en la vida cotidiana. No solo en una clase de orientación, una actividad planificada o una charla sobre convivencia, sino también en los patios, los recreos, los talleres, los juegos y los espacios donde los estudiantes puedan encontrarse.
La convivencia no se enseña solamente hablando sobre ella. También se aprende viviéndola.
Quizás por eso vale la pena mirar Farmear Aura con un poco más de curiosidad y un poco menos de prejuicio.
No para idealizarlo ni para convertirlo en un modelo educativo, sino para preguntarnos qué necesidad humana está expresando y cómo podemos responder a ella desde la escuela.
En tiempos en que hablamos permanentemente de violencia, salud mental, aislamiento y dificultades de convivencia, los pequeños espacios de alegría, juego y encuentro también importan.
Y quizás una de las tareas más interesantes de la educación sea justamente esa: aprender a reconocer dónde están los estudiantes, para desde ahí ayudarlos a llegar un poco más lejos.





















