Omar Salinas Silva – Director de Ingeniería Civil Informática Advance UNAB
Son las siete de la mañana. Antes de terminar el primer café, un agente de inteligencia artificial ya respondió parte de tus correos, reorganizó tu agenda, descartó reuniones, compró los pasajes para tu próximo viaje y preparó el informe que presentarás por la tarde. Todo ocurrió sin errores. Sin embargo, antes de salir de casa aparece una pregunta que hasta hace poco parecía innecesaria: ¿cuántas de las decisiones que marcarán tu día fueron realmente tuyas?
Durante más de medio siglo existió una regla que definió nuestra relación con la tecnología: el software obedecía. Esperaba instrucciones y ejecutaba órdenes. Hoy esa lógica comienza a cambiar. La verdadera revolución de la inteligencia artificial no consiste en que escriba mejor o responda más rápido, sino en que empieza a perseguir objetivos. Observa, planifica, prioriza y decide cómo alcanzar un resultado sin que una persona le indique cada paso. Mientras seguimos debatiendo sobre empleo o productividad, el cambio más profundo ocurre en otro lugar. No estamos presenciando únicamente el nacimiento de un software más inteligente. Estamos entrando en una época en la que podríamos comenzar a externalizar nuestro criterio.
La historia de la tecnología siempre amplió nuestras capacidades. La rueda multiplicó nuestra fuerza, la imprenta democratizó el conocimiento e internet transformó el acceso a la información. La inteligencia artificial introduce una diferencia inédita: por primera vez una tecnología puede asumir una parte creciente de decisiones que hasta ahora considerábamos exclusivamente humanas. Cada recomendación aceptada sin reflexión, cada decisión delegada por comodidad y cada problema resuelto automáticamente nos ahorran tiempo, pero también reducen una oportunidad para observar, comparar, cuestionar y elegir.
El criterio nunca ha consistido solo en escoger entre alternativas. Es comprender el contexto, reconocer excepciones, interpretar aquello que los datos no muestran y asumir las consecuencias de una decisión. Ningún algoritmo experimenta la responsabilidad de equivocarse. Esa sigue siendo una condición profundamente humana.
Quizás durante décadas nos hicimos la pregunta equivocada. Nos preguntamos si las máquinas llegarían a pensar como las personas, cuando la verdadera cuestión es otra: ¿cómo preservaremos nuestra capacidad de decidir en un mundo donde la tecnología será cada vez más capaz de hacerlo por nosotros? Porque el verdadero progreso tecnológico no se medirá por la autonomía que alcancen las máquinas, sino por nuestra capacidad para convivir con ellas sin dejar de ejercer aquello que las hizo posibles: el criterio, la responsabilidad y la voluntad de decidir conscientemente el futuro que queremos construir.





















