Hay una paradoja inquietante en el mercado laboral actual: mientras las organizaciones reportan dificultades para encontrar talento, miles de jóvenes siguen sin lograr ingresar al mundo del trabajo.
Las cifras reflejan esa contradicción. Según el INE, la tasa de desocupación nacional alcanzó un 9,4%, su nivel más alto en cinco años, mientras el desempleo juvenil bordea el 25%. El menor crecimiento económico ha reducido la creación de empleo, el mercado laboral se ha vuelto más exigente y la automatización ha transformado muchos de los puestos de entrada. Al mismo tiempo, las empresas continúan privilegiando candidatos con experiencia previa.
Los resultados del último Panel Laboral de la Universidad Andrés Bello, que reúne a 30 especialistas en reclutamiento y selección, muestran que el problema no es la falta de demanda por talento joven. Las empresas siguen buscando profesionales, especialmente en áreas como tecnologías de la información, análisis de datos, logística, operaciones y perfiles técnico-profesionales.
La dificultad está en las condiciones para acceder a esas oportunidades. Hoy las organizaciones necesitan personas capaces de incorporarse rápidamente a procesos cada vez más complejos, impulsados por la digitalización y la inteligencia artificial. Sin embargo, muchas de las tareas que antes permitían adquirir experiencia durante los primeros años laborales hoy están automatizadas o exigen competencias que, precisamente, solo se desarrollan trabajando.
Se genera así una contradicción difícil de resolver: las empresas reconocen dificultades para encontrar talento, pero la falta de experiencia sigue siendo una de las principales barreras para contratar jóvenes.
Por eso, los especialistas coinciden en que la experiencia temprana constituye hoy el principal factor diferenciador. Prácticas profesionales más extensas, pasantías remuneradas, formación dual y una relación más estrecha entre instituciones de educación y empresas aparecen como las herramientas con mayor potencial para facilitar la inserción laboral.
Este escenario también obliga a replantear el concepto de empleabilidad. Durante años la discusión se centró en qué carrera estudiar. Hoy eso ya no basta. Competencias como la adaptabilidad, el pensamiento crítico, la resolución de problemas, la comunicación y el aprendizaje continuo son tan importantes como el conocimiento técnico. No resulta casual que los propios expertos sitúen el pensamiento crítico por sobre el dominio de herramientas de inteligencia artificial entre las habilidades más relevantes para los próximos años.
La discusión sobre políticas públicas tampoco puede limitarse a los subsidios a la contratación. El verdadero desafío consiste en fortalecer la transición entre la formación y el empleo, creando más oportunidades para que los jóvenes acumulen experiencia antes de ingresar plenamente al mercado laboral.
La urgencia es evidente. Un inicio laboral marcado por el desempleo deja huellas persistentes en los ingresos, la productividad y las trayectorias profesionales, pero también representa un costo para el país, que desaprovecha el potencial de una generación en un momento donde el capital humano y la innovación son claves para el crecimiento.
La pregunta ya no es si los jóvenes están preparados para trabajar. La evidencia indica que muchos sí lo están. El desafío es si nuestro mercado laboral está preparado para ofrecerles la primera oportunidad que necesitan para demostrarlo.





















