Carlos Montero Académico Carrera de Contador Auditor Universidad de Las Américas.
En el Chile 2026, el sonido metálico de las monedas golpeando el fondo de un bolsillo se ha convertido en una pieza de museo acústica. Lo que antes era un ritual cotidiano, como contar el vuelto, o buscar el sencillo para la micro o el negocio, ha sido desplazado por el silencio de un sensor NFC o el clic de una confirmación en pantalla. Chile no solo se ha adaptado a la economía sin efectivo, la ha rediseñado para convertirla en su nuevo estándar de convivencia, marcando una ruptura definitiva con la cultura del papel moneda.
Para los nativos digitales y la generación Alfa que ya empiezan a asomarse al consumo, el concepto de dinero físico resulta casi tan abstracto como el de un disco de vinilo o un mapa de papel. Mientras que para sus padres o abuelos el billete en la mano representaba seguridad y control, para los jóvenes el efectivo es visto como un obstáculo, algo que se pierde, que se ensucia, que requiere cambio y que, fundamentalmente, no puede moverse por la red.
Hoy un adolescente no concibe el ahorro en una alcancía de loza, sino en una bóveda analógica dentro de una aplicación que le permite invertir en fracciones de acciones o criptoactivos con un solo gesto. Para ellos, el valor ha pasado de ser un objeto a un flujo de datos. Esta desconexión con lo físico ha transformado su psicología del gasto: el dinero es algo invisible que reside en la nube y que se moviliza a través de la autenticación biométrica. Ya no es necesario sacar la billetera, el pago es una extensión de su identidad digital, tan natural como enviar un mensaje de voz.
Esta evolución no se limita a los centros comerciales de lujo. Gracias a la consolidación total de la Ley Fintech, la interoperabilidad ya no es una promesa técnica, sino una realidad de barrio. Hoy, el comerciante, sin importar su tamaño, recibe pagos desde cualquier billetera digital o aplicación bancaria sin fricciones.
El código QR ha reemplazado al cartel de no tengo cambio y este fenómeno ha permitido que pequeños emprendedores, que antes quedaban fuera del sistema por no tener un terminal de tarjetas, ahora compitan en igualdad de condiciones. La democratización financiera en Chile ha alcanzado niveles históricos, prácticamente todo ciudadano con un smartphone posee una terminal de pago y cobro en su mano, eliminando las barreras de entrada que antes imponía la banca tradicional, permitiendo incluso que los trabajadores informales se sumen a la trazabilidad en línea.
La desaparición del efectivo ha sido, además, el aliado principal en la modernización tributaria del país. Con la entrada en vigencia de nuevas normativas de fiscalización este 2026, la trazabilidad de las transacciones ha reducido drásticamente el margen para la evasión. La obligatoriedad de la boleta electrónica y el monitoreo inteligente de cuentas, han obligado a una reestructuración del comercio que, aunque desafiante para algunos sectores, promete una mayor recaudación para fines sociales y una competencia más justa.
Sin embargo, este avance trae consigo nuevas sombras. En un Chile donde el efectivo es residual, la ciberseguridad se ha vuelto la infraestructura más crítica de la nación. La delincuencia ha mutado, ya no se trata de proteger el camión blindado, sino de blindar el algoritmo. La confianza de los chilenos ya no se deposita en el grosor de una billetera de cuero, sino en la robustez de los sistemas de cifrado y en la protección de sus datos personales frente a intentos de fraude cada vez más sofisticados.
A pesar del entusiasmo digital, nuestro país enfrenta el reto de no dejar a nadie atrás. Mientras los jóvenes operan en la economía del toque, todavía existe un segmento de la población, especialmente en zonas rurales y adultos mayores, que siente que el fin del efectivo es una pérdida de autonomía. El desafío entonces es asegurar que esta brecha no se convierta en un sinónimo de exclusión económica.
El efectivo no ha muerto del todo, pero ha pasado a ser un plan B, un recurso de emergencia. El pulso de la economía hoy es digital: silencioso, inmediato y omnipresente. Estamos siendo testigos de cómo una sociedad entera se desprende de la materia para confiar su sustento a la red, cambiando para siempre nuestra relación con el valor, el trabajo y el intercambio humano.





















