Rectora de John John High School y conductora de Volver a Educar Juntos. Magíster en Gestión y Liderazgo, MBA en Administración de Empresas y editora de libros de educación cristiana.
En el proceso de preparar nuevas conversaciones para Volver a Educar Juntos, he ido comprendiendo algo que, aunque parece evidente, muchas veces llega tarde a nuestras familias, a nuestros colegios y también a nuestra sociedad: la salud mental no puede seguir siendo un tema que aparece solo cuando hay una crisis.
Durante este camino, los artículos del Dr. Raúl Riquelme Vejar me ayudaron a mirar con más profundidad un problema que muchas veces observamos de manera fragmentada.
Hablamos de ansiedad adolescente como si fuera un tema aislado. Hablamos de pantallas como si fueran solo un problema de tiempo. Hablamos de consumo como si bastara con decir “eso está mal”. Hablamos de salud mental cuando el sufrimiento ya se hizo visible, cuando el adolescente ya no quiere ir al colegio, cuando la familia ya no sabe qué hacer o cuando el colegio se enfrenta a señales que no siempre sabe interpretar.
Pero quizás la pregunta más importante no es solo qué hacemos cuando aparece el problema.
La pregunta es: ¿qué estamos haciendo antes?
A partir de estas lecturas y reflexiones, fui entendiendo que una cultura de salud mental no se construye únicamente con diagnósticos, tratamientos o especialistas. Por supuesto que necesitamos acceso, atención oportuna y profesionales preparados. Pero también necesitamos algo anterior: lenguaje, educación, conversación, prevención y una disposición social a pedir ayuda sin vergüenza.
Porque muchas veces el sufrimiento no comienza gritando.
Comienza en silencio.
-En un adolescente que se encierra más de lo habitual.
-En una niña que empieza a dormir mal.
-En un estudiante que baja su rendimiento sin explicación clara.
-En un joven que vive conectado a una pantalla porque ahí encuentra escape, pertenencia o alivio.
-En una familia que ve señales, pero no sabe si preocuparse.
-En un colegio que observa cambios, pero teme equivocarse al intervenir.
La salud mental se juega, muchas veces, en esas señales pequeñas que los adultos no siempre sabemos leer.
Uno de los aprendizajes más importantes que me dejan estos artículos es que no podemos seguir confundiendo salud mental con debilidad. La ansiedad adolescente, por ejemplo, no es simplemente “ponerse nervioso” ni “exagerar”. Puede afectar el cuerpo, el sueño, el ánimo, las relaciones y la vida escolar. A veces aparece como irritabilidad. A veces como evitación. A veces como dolor de guata, dolor de cabeza, cansancio, bloqueo o aislamiento.
Y ahí los adultos tenemos una responsabilidad enorme: aprender a mirar más allá de la conducta.
-Porque cuando solo vemos la conducta, reaccionamos tarde.
-Cuando solo vemos el celular, podemos no ver la soledad.
-Cuando solo vemos la rabia, podemos no ver el miedo.
-Cuando solo vemos el bajo rendimiento, podemos no ver la angustia.
-Cuando solo vemos el consumo, podemos no ver la necesidad de pertenecer.
-Cuando solo vemos la desobediencia, podemos no ver a un adolescente sobrepasado.
Esto no significa justificarlo todo. No significa quitar límites ni dejar de formar responsabilidad. Al contrario. Significa poner límites con más comprensión, acompañar con más criterio y educar con más humanidad.
También comprendí que algunas conductas de riesgo no se sostienen solo por placer o rebeldía. A veces se sostienen porque cumplen una función emocional. Las pantallas pueden convertirse en refugio. Las redes sociales pueden transformarse en una búsqueda constante de validación. El consumo puede ser presentado en ciertos grupos como una práctica recreativa, social o identitaria. Y cuando algo entrega pertenencia, escape o anestesia emocional, no basta con prohibirlo desde afuera. Hay que comprender qué lugar ocupa en la vida de ese adolescente.
Esa idea me parece fundamental para Chile.
No podemos abordar la salud mental adolescente solo desde el miedo. Tampoco desde la moralización. Y mucho menos desde la indiferencia.
Necesitamos una conversación más seria, más humana y más adulta.
-Una conversación donde las familias no se sientan culpables por pedir ayuda.
-Donde los colegios no queden solos frente a problemas que requieren redes.
-Donde los adolescentes no tengan que esconder lo que sienten para no ser juzgados.
-Donde hablar de psicólogo, psiquiatra, terapia o tratamiento no sea visto como una marca, sino como una posibilidad de cuidado.
Pedir ayuda a tiempo no es fracaso. Es prevención, es amor, es responsabilidad.
Como país, necesitamos dejar de reaccionar solamente cuando el dolor ya se volvió crisis.
Necesitamos educar en salud mental desde antes: en las casas, en los colegios, en los medios, en las comunidades y en nuestras conversaciones cotidianas.
- Educar en salud mental es enseñar a reconocer señales.
- Es aprender a escuchar sin ridiculizar.
- Es comprender que no todo malestar es patología, pero que tampoco todo debe normalizarse.
- Es saber cuándo acompañar, cuándo poner límites y cuándo buscar apoyo profesional.
- Es entender que ningún niño, niña o adolescente debería quedar solo frente a aquello que lo sobrepasa.
A veces pensamos que cuidar la salud mental significa tener todas las respuestas. Pero quizás el primer paso es más simple: atrevernos a mirar, preguntar y escuchar.
Mirar sin juicio.
Preguntar sin invadir.
Escuchar sin apurarse a corregir.
Acompañar sin negar el dolor.
Poner límites sin romper el vínculo.
Ese es el aprendizaje que quiero recoger y compartir.
La salud mental no puede seguir siendo un tema escondido, tardío o vergonzoso. Tiene que transformarse en una búsqueda social. Una búsqueda país. Una forma de preguntarnos cómo estamos educando, cómo estamos acompañando y cómo estamos llegando o no llegando al dolor de nuestros jóvenes.
Porque ningún adolescente debería tener que gritar con su conducta lo que no pudo decir con palabras.
Y ningún país debería acostumbrarse a llegar tarde al sufrimiento de sus niños, niñas y adolescentes.





















