Cada cierto tiempo, nuestro país moviliza a los colegios a hacernos cargo de diversos elementos que la sociedad les exige para dar respuesta a sus múltiples necesidades. En los últimos años, las instituciones educativas han sido presionadas para mejorar en resultados académicos, cambios curriculares, hábitos de vida saludable, educación sexual, inclusión, entre otros.
Sin embargo, la irrupción, desde hace algunos años, de la Inteligencia Artificial generativa, con su lógica de rapidez y resultados a extremadamente a corto plazo, nos moviliza a formular una pregunta completamente distinta: ¿qué espacios del proceso de enseñanza-aprendizaje que desarrollamos, seguirán siendo exclusivamente de responsabilidad de las comunidades educativas? Y, además, ¿cómo enfrentaremos este desafío?
La discusión, desde esta perspectiva, no debería centrarse exclusivamente en cuánto saben nuestros estudiantes sobre IA o cuál plataforma conocen y son capaces de utilizar o explorar. Es más, lo más probable es que, si nos detenemos en aquello, la sorpresa sobre la abundancia de recursos que manejan en este ámbito sea parte de esta indagación. La verdadera interrogante que nos debe interpelar es: ¿estamos formando personas capaces de utilizar estas herramientas con respeto, responsabilidad, sentido ético y orientación al bien común?
¿Están nuestros niños, niñas y adolescentes utilizando herramientas psico socio emocionales, ciudadanas e inclusivas que les permitan actuar bajo cánones de crianza familiar, sociales y éticas, que les permitan discriminar y discernir con propiedad moral?, ¿Cuándo y cuánto usar la IA para la ejecución de un deber escolar?, ¿Cuál es el límite para no causar daño a otros con el resultado que un prompt puede entregar?
Sin duda, las distintas aplicaciones de IA pueden ayudarles, en el contexto escolar, de forma acelerada a escribir, investigar, organizar información, hacer videos sobre hitos o hechos históricos, así también, resolver problemas de diversa índole. Sin embargo, aún no pueden sustituir una decisión justa y equilibrada, basada en valores universales y en la responsabilidad con la comunidad de la que forman parte. Esas capacidades continúan siendo inherentes a la persona y, en el mundo educativo, siguen poniendo al estudiante en el centro de la misión educativa que los colegios están llamados a desarrollar.
Desde esta mirada, uno de los desafíos más relevantes no es evitar que nuestros estudiantes utilicen la IA, sino enseñarles a comprender la relación de coautoría que pueden construir con ella. Esto con el propósito de que se transforme en una herramienta para ampliar ideas, organizar información o enriquecer procesos creativos. El proceso formativo debe incluir, el fortalecer la reflexión personal y la responsabilidad intelectual. La tecnología en torno a la IA, debe instalarse en ellos, como una compañera que potencia su pensamiento, evitando que se interprete como un medio que la sustituya.
Por ello, la irrupción de la IA nos ubica, a familias y colegios, en un lugar de extrema trascendencia y de profunda corresponsabilidad. En un mundo donde la información es abundante y las respuestas son instantáneas, la capacidad de discernir, dialogar, colaborar y actuar éticamente, adquiere un valor cuya formación es nuestro deber.
El desafío de los Equipos Directivos recae en fortalecer sus comunidades educativas, en torno a esta temática tan contingente, donde estudiantes, docentes y familias aprendan a convivir con la IA desde un sentido de colaboración. Donde la confianza de los diversos actores en sus Proyectos Educativos y planes formativos de gestión amplíe el desarrollo humano de sus niños y niñas, en beneficio del uso de la tecnología.
Porque el futuro de la educación que la IA nos pone por delante, no es distinto del que siempre ha sido: seguir formando personas íntegras capaces de poner su inteligencia cognitiva y psico socio emocional, afectiva y espiritual al servicio de su vida y del bien común, ahora de la mano de la tecnología.
Desde esta perspectiva, es fundamental centrar el temor en elementos distintos al plagio o a un producto terminado en segundos; el verdadero riesgo está en renunciar al pensamiento propio y a la responsabilidad intelectual que toda relación de coautoría exige. Debemos fortalecer en ellos y ellas la convicción de que no debemos delegarle el razonamiento; ahí estaría su fracaso.
La educación no debe olvidar su fin: guiarles para ser agentes de cambio positivo para nuestra sociedad, ahora inmersos en este mundo tecnológico que avanza a pasos acelerados. En este proceso, la reflexión, la conversación, la argumentación, la defensa oral, la colaboración, la predicción, la inferencia, la formulación de hipótesis, el análisis de fuentes, la comprensión y el desarrollo del pensamiento crítico, entre otras habilidades del pensamiento, deben ser el medio para cumplir este objetivo.
Es decir, la tarea que deben asumir los docentes de manera acelerada es cambiar el paradigma de ser solo transmisores de conocimiento, para fortalecer el rol que las nuevas Bases Curriculares nos han entregado: ser mediadores del aprendizaje, potenciando el conocimiento, habilidades y actitudes.
Desde esa mirada, las metodologías de medición de logro no deben centrarse únicamente en el resultado o un producto concluido; sino en el paso a paso, la valoración del proceso de enseñanza, que contemple etapas claramente definidas y con objetivos precisos, es decir, ubicar en un lugar privilegiado a la Evaluación de Proceso. De este modo, la comprensión del conocimiento y el desarrollo de habilidades y actitudes para la vida, seguirán desafiando su pensamiento.
Según lo que nos plantean Weinstein y Peña Fredes (2024), esta teoría podría sostenerse gracias a un elemento fundamental: la confianza relacional, como factor clave para la mejora escolar de las comunidades educativas.
En este sentido, la incorporación de la IA en el día a día de los colegios, no será del todo exitosa si no logramos responder a sus desafíos, en conjunto, como comunidad educativa. Por ejemplo, se debe definir de manera colectiva y basada en los lineamientos de los Proyectos Educativos: ¿qué usos consideramos éticos?, ¿qué prácticas son aceptables?, ¿qué significa aprender realmente para una comunidad educativa en particular?, ¿qué tareas son admisibles?, ¿qué competencias se quieren desarrollar como sistema? Es decir, debe constituirse en una acción colectiva y compartida.
Resulta paradójico que la definición de tecnología se acerque al conocimiento, las herramientas, las técnicas y los procesos que las personas crean para resolver problemas, satisfacer una escasez o mejorar su calidad de vida, acentuando la idea fuerza en la calidad del producto para cubrir la necesidad. Sin embargo, la IA nos debe obligar hoy, en los colegios, a volver la mirada hacia aquello que de manera mecánica no se puede concebir: la confianza, la empatía, la responsabilidad, la ética, la conciencia moral y la construcción de comunidad.
La calidad del proceso de enseñanza-aprendizaje que nuestros niños puedan recibir en torno a la IA dependerá, sin duda, de la sabiduría y del sentido de ciudadanía con que las comunidades educativas decidan utilizarla y de cómo caminen unidas y cohesionadas como sistema, en torno a este transcendente desafío.
Yeisy López P.
Directora de John John High School. Profesora de Educación General Básica, especialista en Estudios y Comprensión de la Sociedad. Postitulada en Historia, Geografía y Ciencias Sociales, Administración Educacional y Evaluación Educacional para el Aprendizaje. Diplomada en Didáctica Interdisciplinaria de las Ciencias Sociales y en Convivencia Educativa y Mediación Escolar.





















