La reciente advertencia del Instituto de Salud Pública de Chile sobre contenidos digitales que promueven mezclar antigripales en polvo con alcohol debe llamarnos la atención. No se trata solo de una moda en redes sociales ni de una broma sin consecuencias. Es una señal clara de cómo la desinformación, la baja percepción del riesgo y la rápida circulación de contenidos peligrosos pueden convertirse en un problema real para la salud.
El ISP advirtió que muchos antigripales en polvo contienen paracetamol y que, al mezclarlos con alcohol, aumenta el riesgo de daño hepático. Esto puede ocurrir incluso cuando las personas creen que utilizan el medicamento de forma habitual. Por eso es importante recordar que incluso los medicamentos de uso común pueden causar daño si se emplean de manera incorrecta.
El paracetamol es un fármaco seguro y eficaz cuando se utiliza en las dosis indicadas. Sin embargo, su consumo excesivo o combinado con alcohol puede provocar efectos graves en el hígado, incluida la falla hepática. El riesgo aumenta cuando una persona consume más de un medicamento que contiene paracetamol sin saberlo, algo frecuente con antigripales, analgésicos y otros productos de venta habitual.
La mezcla de alcohol y medicamentos nunca debe tomarse a la ligera. El alcohol puede modificar la forma en que el organismo metaboliza ciertos fármacos y favorecer la formación de sustancias tóxicas para el hígado. Por ello, la recomendación es clara: no consumir alcohol mientras se utilizan medicamentos que contienen paracetamol.
Este tema es especialmente relevante porque el alcohol ya representa un importante problema de salud pública. Está asociado a accidentes, lesiones, violencia, enfermedades hepáticas, distintos tipos de cáncer y otros daños que afectan tanto a quien consume como a su entorno.
Desde la salud pública, esta alerta no puede entenderse solo como una responsabilidad individual. También debemos preguntarnos por qué una conducta riesgosa puede parecer entretenida o digna de imitar, especialmente entre adolescentes y jóvenes. Las redes sociales tienen una enorme capacidad para amplificar mensajes, incluidos aquellos que promueven prácticas peligrosas.
Por ello, la prevención debe ir más allá de los comunicados. Necesitamos fortalecer la educación sanitaria, promover el uso responsable de los medicamentos y comunicar los riesgos con un lenguaje claro y cercano. La salud pública no puede llegar tarde a las redes sociales; debe estar presente donde hoy muchas personas se informan y toman decisiones.
Como universidad y, especialmente, desde una Facultad de Medicina inserta en regiones, tenemos la responsabilidad de formar profesionales capaces de comunicar riesgos, anticipar daños y comprender cómo los entornos sociales y digitales influyen en las decisiones de salud.
La alerta del ISP debe entenderse como una oportunidad para reforzar un mensaje esencial: los medicamentos deben utilizarse según las indicaciones, el alcohol no debe mezclarse con fármacos y ningún reto viral justifica poner en riesgo la vida. A veces, prevenir no implica enfrentar grandes epidemias, sino evitar a tiempo una conducta que puede terminar en una intoxicación grave o un daño irreversible.





















