Durante los últimos días hemos conocido cifras preocupantes sobre el riesgo de que miles de niños y niñas en Chile no logren aprender a leer adecuadamente. Sin embargo, la historia de un buen lector no comienza en primero básico ni cuando se aprenden las letras. Empieza mucho antes, en el momento en que ese infante descubre que las palabras sirven para preguntar, pensar y comprender el mundo.

Existe una idea extendida de que preparar a un niño para leer consiste en enseñarle el abecedario cuanto antes. Sin embargo, la evidencia científica muestra otra realidad. Aprender a leer depende de un conjunto de habilidades que comienzan a desarrollarse desde los primeros años de vida.

Algunas de ellas están relacionadas con el código escrito: reconocer letras, desarrollar la conciencia fonológica y comprender que las palabras están formadas por sonidos. Pero hay otras habilidades, igualmente importantes, que muchas veces pasan inadvertidas: contar con un vocabulario amplio, comprender lo que otros dicen, conocer el mundo que nos rodea y desarrollar un lenguaje oral rico. Son estas destrezas las que permiten que el niño comprenda lo que lee. Porque leer no es solo decodificar palabras, es construir significado.

¿Cómo podemos favorecer ese desarrollo desde los primeros años? No se trata de llenar a los niños de fichas ni de adelantar contenidos escolares. Se trata, sobre todo, de ofrecerles experiencias de lenguaje oral. Una muy conocida por todos es la lectura compartida de cuentos. Escuchar historias, observar ilustraciones, anticipar lo que ocurrirá, hacer inferencias y conversar sobre los personajes, permite desarrollar habilidades esenciales para la comprensión lectora mucho antes de que aparezcan los primeros textos escolares.

Otra experiencia cotidiana, a menudo subestimada, es la conversación. Conversar con un niño no consiste únicamente en preguntarle cómo estuvo su día. Cada intercambio es una oportunidad para ampliar su vocabulario, modelar nuevas formas de expresar ideas, fortalecer su capacidad para narrar experiencias y organizar su pensamiento. Mientras más variadas y profundas son estas interacciones, mayores oportunidades tiene de desarrollar su lenguaje.

Por último, una muy especial, permitir que los infantes  hagan preguntas. Preguntar es una de las expresiones más sofisticadas del pensamiento. Cuando un niño pregunta, está relacionando información, detectando aquello que no comprende y buscando construir nuevas explicaciones. Es una señal de curiosidad, pero también de desarrollo cognitivo.

Lamentablemente, nuestras investigaciones muestran que en muchas salas de prekínder y kínder, los niños tienen pocas oportunidades de formular preguntas y sostener conversaciones significativas. 

La mejor preparación para aprender a leer no consiste en adelantar contenidos escolares, sino en ofrecer aquello que toda infancia necesita: familias y educadoras que conversen con los niños, que escuchen con interés sus preguntas y que los desafíen a pensar.

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Equipo Prensa
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