Por: Diego González, CEO de Defontana
Durante años, la conversación sobre tecnología en las empresas estuvo marcada por una pregunta: ¿qué tareas podemos automatizar? Hoy, con el avance de la inteligencia artificial, esa pregunta comienza a quedarse corta. El verdadero desafío es mucho más profundo: ¿qué queremos que las personas hagan con el tiempo que la tecnología permite liberar?
La IA ya es capaz de procesar grandes volúmenes de información, generar reportes, responder consultas, analizar datos y ejecutar tareas que hasta hace poco requerían horas de trabajo. Su mayor valor, sin embargo, no está solamente en hacer más rápido lo que ya hacemos, sino en permitir que las personas dediquen más tiempo a aquello que realmente genera valor: analizar, crear, anticiparse y tomar mejores decisiones.
Esto representa una oportunidad especialmente relevante para las pequeñas y medianas empresas. Con equipos reducidos y recursos limitados, es habitual que una misma persona deba administrar, vender, atender clientes y resolver tareas operativas durante una misma jornada. En ese contexto, la IA puede convertirse en una herramienta para ampliar las capacidades de los equipos y liberar tiempo para gestionar el negocio con una mirada más estratégica.
Pero el próximo paso será aún más significativo: tendremos que acostumbrarnos a trabajar con agentes de inteligencia artificial dentro de nuestras empresas, como si fueran un nuevo integrante del equipo. Agentes capaces de monitorear información, preparar análisis, ejecutar procesos, detectar oportunidades o dar seguimiento a determinadas tareas de manera autónoma.
Esto no significa reemplazar personas, sino aprender a distribuir mejor el trabajo. Así como hoy delegamos responsabilidades a un colaborador, en el futuro tendremos que aprender a definir objetivos para un agente, supervisar su desempeño, revisar sus resultados y decidir cuándo intervenir. La capacidad de liderar equipos ya no estará limitada a coordinar personas: también implicará saber trabajar con sistemas inteligentes.
Por supuesto, incorporar IA no significa automáticamente transformar una empresa. Automatizar un proceso ineficiente solo permite ejecutarlo más rápido. El verdadero cambio comienza cuando las organizaciones revisan cómo trabajan, qué actividades aportan valor y cuáles pueden ser realizadas de manera más eficiente mediante tecnología.
También cambiarán las capacidades que buscamos en nuestros equipos. No bastará con saber utilizar una herramienta de IA. Será cada vez más importante saber formular las preguntas correctas, interpretar resultados, identificar errores y utilizar esos insumos para tomar decisiones. La tecnología puede entregar respuestas, pero el criterio para decidir seguirá siendo humano.
Chile tiene una oportunidad concreta en este proceso. La adopción de IA puede convertirse en un motor para mejorar la productividad y competitividad, particularmente en las pymes.
El salto que exige la inteligencia artificial no es únicamente tecnológico. Es cultural y empresarial: pasar de organizaciones enfocadas en operar a organizaciones capaces de combinar talento humano y agentes inteligentes para pensar, innovar y decidir mejor.
El futuro no se trata simplemente de trabajar más rápido. Se trata de construir equipos donde las personas puedan dedicar su talento a lo que realmente importa.





















