Susel Riera, Magíster en Análisis de la Conducta y Analista de Conducta Certificada (BCBA)
“En el colegio me dicen que se porta excelente. Llega a la casa y parece otro niño”. Es una frase que escucho con frecuencia.
Recuerdo a un niño de nueve años que evalué hace algunos años. En el colegio seguía instrucciones, completaba sus tareas y sus profesores lo describían como un alumno ejemplar. En casa, en cambio, podía negarse a hacer la tarea, protestar cuando se terminaba el tiempo de pantalla y tener dificultades para seguir algunas instrucciones cotidianas. Para su familia era difícil entender cómo podía tratarse del mismo niño.
Pero esa diferencia no significaba que uno de los dos ambientes estuviera haciendo las cosas “bien” y el otro “mal”, ni que el niño estuviera fingiendo en un lugar o mostrando su “verdadera personalidad” en el otro. Estaba respondiendo a contextos distintos.
Frente a situaciones así aparece con facilidad una explicación conocida: “Sabe perfectamente con quién puede hacerlo” o “en el colegio se porta bien porque ahí sí hay límites”. Hay algo de aprendizaje detrás de esa intuición, pero el problema es que puede llevarnos rápidamente a interpretar la conducta como una característica del niño, cuando muchas veces la información más importante está en lo que cambia a su alrededor.
Desde el análisis de la conducta, una pregunta mucho más útil es: ¿qué cambia entre un ambiente y el otro?
La conducta no ocurre de manera aislada. Todos nos comportamos distinto dependiendo del lugar, las personas y las circunstancias. Un adulto puede ser extremadamente organizado en el trabajo y mucho más relajado en casa. Hablamos de una manera en una reunión y de otra con nuestra familia o amigos. Ajustamos lo que hacemos porque hemos aprendido qué se espera en cada contexto y qué suele ocurrir como resultado de nuestras acciones. Los niños también aprenden esas diferencias.
El colegio, por su propia naturaleza, suele tener una estructura bastante predecible. Hay horarios, rutinas que se repiten, señales que anuncian cambios y muchas oportunidades para observar qué hacen los demás niños. Una instrucción como “guarden sus materiales”, por ejemplo, puede llegar todos los días en un momento similar, después de una señal conocida y antes de comenzar otra actividad.
En casa, esa misma petición puede aparecer mientras el niño está concentrado en un videojuego, construyendo algo o viendo su programa favorito. No porque la familia esté haciendo algo incorrecto, sino porque la vida en casa funciona de otra manera. Es más flexible, más espontánea y tiene exigencias distintas a las de una sala de clases.
Al mirar con más detalle, muchas veces las diferencias están en aspectos aparentemente pequeños. En un lugar puede haber un aviso antes de terminar una actividad, mientras que en otro el cambio llega de forma más inesperada. Una instrucción puede darse de cerca, cuando el niño sabe qué viene después, o aparecer mientras varias cosas compiten por su atención. También puede cambiar lo que ocurre después de que el niño responde.
Si una negativa consigue retrasar una tarea, iniciar una negociación o cambiar momentáneamente lo que estaba ocurriendo, esa respuesta puede volverse más probable en situaciones similares. No porque el niño se siente a pensar: “Voy a manipular a mis padres hasta conseguir lo que quiero”, sino porque todos aprendemos, muchas veces sin darnos cuenta, de lo que ocurre antes y después de nuestras acciones.
El fenómeno también puede darse en sentido contrario. Con niños más pequeños, algunas familias describen pocas dificultades en casa, mientras desde el colegio llegan reportes de mordidas, gritos, interrupciones frecuentes o conductas que parecen buscar la atención de los adultos.
Un niño que en casa tiene acceso frecuente a la atención de uno o dos adultos entra a una sala donde esa atención debe compartirse con muchos otros niños. Si determinadas conductas hacen que un adulto se acerque inmediatamente, le hable o interrumpa lo que estaba haciendo, esa reacción puede influir en que la conducta vuelva a aparecer.
Eso no significa que cada niño que grita “quiera atención”, ni que todas las negativas tengan la misma explicación. Dos conductas que se ven iguales pueden estar ocurriendo por razones completamente distintas. Por eso etiquetas como “desobediente”, “manipulador”, “consentido” o simplemente “se porta mal” suelen ayudarnos poco. Describen nuestra interpretación de la conducta, pero no necesariamente explican por qué está ocurriendo.
Cuando el colegio y la familia parecen estar describiendo a dos niños diferentes, probablemente ninguno esté equivocado. Están observando al mismo niño bajo condiciones distintas, y precisamente por eso comparar ambos contextos puede darnos información muy valiosa.
No se trata de decidir qué ambiente lo hace mejor. Se trata de observar qué podría estar influyendo. ¿Qué suele ocurrir justo antes de que aparezca la conducta? ¿Pasa más con determinadas tareas, personas o momentos del día? ¿Cómo se presentan las instrucciones? ¿El niño sabe qué va a ocurrir después? ¿Qué sucede cuando se niega? ¿La actividad se retrasa, cambia o continúa? ¿Aparece rápidamente la atención de un adulto? ¿Hay situaciones similares en las que la misma petición se cumple sin dificultad?
También conviene mirar lo que ya funciona. Si un niño logra completar una rutina en el colegio que en casa genera mucho conflicto, vale la pena preguntarse qué elementos de esa situación podrían estar facilitándola. Tal vez existe mayor previsibilidad, la transición se anuncia antes, las instrucciones son más breves o simplemente hay una historia de aprendizaje distinta. Si el comportamiento difícil ocurre solo en el colegio, vale la pena hacer exactamente el mismo ejercicio en dirección contraria.
No se trata de convertir la casa en un salón de clases ni a los padres en terapeutas. Tampoco de buscar culpables entre familias y educadores. Se trata de reemplazar explicaciones rápidas por una observación más cuidadosa.
Antes de concluir que un niño “sabe con quién puede”, puede ser mucho más útil preguntarnos: ¿qué estaba ocurriendo antes?, ¿qué hizo exactamente?, ¿qué ocurrió justo después?, ¿y qué cambia cuando una situación parecida sucede en otro ambiente?
A veces entender una conducta no comienza encontrando una etiqueta ni buscando una explicación profunda sobre la personalidad del niño. Comienza mirando con atención el contexto. Porque cuando un niño parece ser “dos niños distintos” entre la casa y el colegio, quizás el dato más importante no sea que el niño cambió, sino que cambió todo lo que estaba a su alrededor.





















