Mucho antes de que las pirámides de Egipto comenzaran a levantarse, en la costa del extremo norte de Chile ya existía una tradición funeraria que hoy sorprende al mundo. Son las momias Chinchorro, parte de una cultura desarrollada en el territorio de Arica y Camarones y que, miles de años después, fue reconocida por la UNESCO como Patrimonio Mundial.

Para Arica, sin embargo, ese reconocimiento todavía representa una oportunidad en construcción. Mientras el valor científico y arqueológico del legado Chinchorro es indiscutible, su capacidad para convertirse en un atractivo turístico internacional aún enfrenta importantes desafíos.

Ricardo Jorquera, director de la Cámara de Turismo de Arica, sostiene que el impacto turístico del reconocimiento UNESCO ha sido hasta ahora limitado. A su juicio, el descubrimiento y la valorización de este patrimonio ocurrieron tardíamente y con recursos acotados, sin una difusión comparable a la que han tenido las momias egipcias. “Las momias Chinchorro no son visualmente atractivas; su valor es científico y no estético”, plantea.

La diferencia también estaría en la capacidad de infraestructura y promoción. Jorquera considera que Arica posee un patrimonio irrepetible, pero que todavía falta convertirlo en una experiencia cultural capaz de competir a nivel mundial. El interés de los visitantes, no obstante, existe. Según los antecedentes entregados por la Cámara de Turismo, durante 2025 el Museo de Azapa recibió alrededor de 42 mil visitantes, mientras que Colón 10 superó las 9 mil visitas anuales. Cifras que muestran que existe una audiencia interesada en conocer esta historia milenaria.

 

Un patrimonio que puede cambiar la mirada sobre Arica

Para María Esther González, directora comercial de Antay Hotel & Spa, el reconocimiento internacional sí ha contribuido a ampliar la manera en que se observa el destino. “Hoy Arica no es solamente sol, playa y buen clima. Tenemos un patrimonio de relevancia mundial, con una historia de miles de años”, señala.

La ejecutiva de Antay Hotel & Spa destaca que “la principal oportunidad es que nos permite diversificar el turismo y atraer visitantes durante todo el año. Cuando un destino combina patrimonio, museos, naturaleza, gastronomía y eventos, tiene más posibilidades de construir una oferta que no dependa solamente de una temporada específica”.

Y agrega: “Un ejemplo inspirador es el Museo Guggenheim de Bilbao, cuya inauguración transformó la relación de la ciudad con el turismo y la cultura. Su caso demostró cómo un proyecto cultural de relevancia internacional puede convertirse en un motor de transformación urbana y económica, atrayendo visitantes y generando oportunidades que van mucho más allá del propio museo”.

 

Del museo a la experiencia

El desafío ahora es lograr que Chinchorro deje de ser solamente un contenido arqueológico y se transforme en una experiencia capaz de conectar al visitante con el territorio. En esa tarea, los hoteles también pueden jugar un papel. González plantea que la identidad Chinchorro puede incorporarse mediante obras de artistas locales, información para los huéspedes, códigos QR, actividades y alianzas con museos, universidades, guías y operadores turísticos.

Pero advierte que no basta con reproducir imágenes de momias como elemento decorativo.

“No se trata simplemente de poner una imagen de una momia en un hotel y decir que tenemos identidad Chinchorro”, afirma.

La capacitación de los trabajadores también aparece como un elemento clave. Un recepcionista, un garzón o cualquier integrante de un equipo hotelero puede convertirse en un embajador del destino si conoce la historia y está en condiciones de orientar al visitante sobre qué hacer y conocer.

La puesta en valor de Chinchorro no tendría impacto únicamente en museos y hoteles. Para María Esther González, puede convertirse en una estrategia de desarrollo que involucre a restaurantes, operadores turísticos, artesanos, transportistas, guías y otros servicios.

La lógica es avanzar hacia un destino con atractivos durante todo el año, reduciendo la dependencia de temporadas específicas y de eventos puntuales como el Carnaval o los períodos de vacaciones. “La puesta en valor de Chinchorro debe entenderse como un proyecto de ciudad y no solamente como algo que beneficia a los museos o al turismo”, sostiene.

El crecimiento turístico también plantea una pregunta fundamental: cómo acercar a más personas a un patrimonio extremadamente frágil sin ponerlo en riesgo. Ricardo Jorquera, director de la Cámara de Turismo de Arica, plantea que el turismo puede ser un aliado estratégico, pero bajo límites claros, estándares internacionales y participación comunitaria.

El objetivo debería ser transformar el interés por Chinchorro en recursos para la conservación, educación y proyección del patrimonio, evitando ejercer presión sobre los sitios arqueológicos y las momias.

En esa línea, la Corporación Chinchorro Marka recibió, de acuerdo con los antecedentes proporcionados, $265 millones destinados a fortalecer la preservación y difusión de los asentamientos de Arica y Camarones. Entre las iniciativas mencionadas se encuentra el cuadernillo didáctico “Explorando la Cultura Chinchorro”, desarrollado en alianza con la Universidad de Tarapacá para acercar este patrimonio a niños, jóvenes y visitantes, además de facilitar las visitas guiadas e incorporarlo a programas escolares y turísticos.

El potencial está ahí: una cultura con alrededor de 7.000 años de historia, sitios arqueológicos únicos y un relato capaz de diferenciar a la ciudad frente al mundo. El desafío, es que ese patrimonio no quede únicamente en los museos, sino que se transforme en conocimiento, identidad, conservación y desarrollo para toda la comunidad.

 

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Equipo Prensa
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