El fenómeno de El Niño se produce por un calentamiento anómalo de las aguas superficiales del océano Pacífico ecuatorial, alterando los patrones climáticos a nivel global. En Chile, suele manifestarse con inviernos más lluviosos en la zona centro y centro-sur, temperaturas más altas y una mayor ocurrencia de eventos meteorológicos extremos. Las proyecciones actuales indican una alta probabilidad de que estas condiciones se desarrollen durante el segundo semestre de 2026, aunque aún existe incertidumbre respecto de su intensidad.
La relevancia de este escenario radica en que Chile podría enfrentarlo en medio de una economía debilitada. Entre enero y abril de 2026, el IMACEC acumuló cuatro meses consecutivos de contracción, con caídas de 0,1%, 0,3%, 0,1% y 1,2%, respectivamente, configurando el peor inicio de año desde la crisis financiera de 2009. A ello se suma una tasa de desempleo de 9,1%, la más alta desde 2021, reflejando un mercado laboral con dificultades para generar nuevas oportunidades.
En este contexto, un evento meteorológico moderado podría transformarse en una oportunidad. Una mayor acumulación de nieve, la recuperación de embalses, mejores condiciones de riego y una mayor generación hidroeléctrica contribuirían a fortalecer la agricultura, reducir costos energéticos y aliviar parte del estrés hídrico que ha afectado al país durante más de una década.
Sin embargo, un fenómeno de El Niño fuerte o extremo podría revertir estos beneficios. Lluvias intensas concentradas en cortos períodos pueden provocar inundaciones, aluviones y daños a infraestructura crítica, afectando sectores estratégicos de la economía. La minería, responsable de una parte sustancial de las exportaciones nacionales, podría enfrentar interrupciones operacionales, problemas logísticos y menores volúmenes de producción. La agricultura, por su parte, se expondría a pérdidas de cultivos, daños en sistemas de riego y dificultades para la cosecha y exportación de productos.
Los impactos también podrían extenderse a carreteras, puentes, redes eléctricas y sistemas de agua potable, obligando a destinar cuantiosos recursos a emergencia y reconstrucción. Asimismo, interrupciones productivas en sectores como agricultura, turismo y construcción podrían afectar el empleo y el consumo, mientras problemas logísticos y productivos generarían presiones inflacionarias.
El verdadero desafío no radica únicamente en la cantidad de lluvia que traiga El Niño, sino en la capacidad que tendremos para anticipar y gestionar sus riesgos. La adaptación climática y la inversión en infraestructura resiliente serán determinantes para evitar que una oportunidad hídrica se transforme en un obstáculo para la recuperación económica del país.





















