• La inteligencia artificial empieza a consolidarse como una capacidad estratégica para las organizaciones, con impacto en productividad, toma de decisiones basada en datos y competitividad. El desafío ya no es solo adoptarla, sino integrarla con escala, gobernanza y foco en valor.

Santiago de Chile. junio de 2026. – La inteligencia artificial (IA) está entrando en una nueva etapa dentro de las empresas chilenas. Si en un comienzo fue vista principalmente como una herramienta para automatizar tareas y ganar eficiencia, hoy su impacto más relevante empieza a jugarse en un plano más estructural: la productividad, la calidad de las decisiones y la capacidad de convertir datos en valor de negocio.

En un mercado más exigente, con mayor presión por crecer, adaptarse y operar con agilidad, la discusión ya no pasa solo por incorporar nuevas herramientas, sino por integrarlas de manera efectiva a la operación. En esa línea, el informe Pulse of Change 2026 de Accenture muestra que 86% de los líderes planea aumentar su inversión en IA este año y que 78% ya la considera un motor de crecimiento de ingresos, más que una simple palanca de reducción de costo, pero solo 32% reporta haber alcanzado un impacto sostenido a nivel empresarial.

“Hoy el punto no es simplemente usar inteligencia artificial, sino lograr que mejore de verdad la forma en que una organización decide, prioriza y ejecuta. Ahí es donde empieza a transformarse en una ventaja competitiva”, asegura Francisco Rojas, Managing Director Data & AI de Accenture Chile.

Esa brecha muestra que la diferencia no está únicamente en la adopción, sino en la capacidad de escalar la IA con una base sólida de datos, talento preparado, procesos rediseñados y criterios claros de gobernanza. Muchas compañías ya avanzaron con pilotos, asistentes o automatizaciones puntuales, pero eso no siempre se traduce en mejoras sostenidas de productividad ni en decisiones más inteligentes.

La siguiente etapa profundiza aún más este cambio. En la era de la IA agéntica, la ventaja competitiva dependerá cada vez más de la capacidad de alinear plataformas, estrategia de negocio e inteligencia artificial para que sistemas, personas y datos trabajen de manera integrada. No se trata solo de sumar soluciones, sino de rediseñar la arquitectura sobre la que opera la empresa para hacerla más ágil, más inteligente y más preparada para capturar valor.

“La IA genera más impacto cuando deja de ser una capa adicional y pasa a integrarse con el negocio. Su valor no está solo en acelerar tareas, sino en ayudar a anticipar escenarios, mejorar decisiones y elevar la productividad de forma más consistente”, agrega Rojas.

Pero ese avance no puede separarse de la confianza. A medida que la inteligencia artificial gana espacio en procesos críticos y en la toma de decisiones, también crece la necesidad de responsabilidad, explicabilidad, seguridad y control. La productividad que puede entregar una herramienta pierde fuerza si no existe claridad sobre sus riesgos, su uso y sus efectos sobre clientes, colaboradores y operaciones.

Por eso, la adopción de IA ya no puede entenderse como una iniciativa exclusivamente tecnológica. Requiere una conversación más madura sobre escalamiento, gobierno de datos, supervisión y rediseño organizacional. Solo así puede convertirse en una capacidad permanente y no en una suma de iniciativas aisladas.

“En Chile, la discusión relevante ya no es si la IA llegará al centro del negocio. Eso ya está ocurriendo. La verdadera pregunta es qué tan preparadas están las organizaciones para escalarla con método, responsabilidad y foco en valor sostenible”, concluye el Managing Director Data & AI de Accenture Chile.

 

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Equipo Prensa
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