Los desafíos actuales del ejercicio político lo enfrentan a un camino dicotómico: por una parte, tomar decisiones públicas —que son esencialmente políticas— pero buscar su legitimidad únicamente en consideraciones técnicas o legales, como si su resultado fuese una consecuencia inevitable, neutra y aséptica. O, por otra, tomar el camino que incorpora -además de la técnica- la dimensión humana.

La primera opción no es inocente, sobre todo si lo que se busca es un atajo para evitar el costo político de los efectos de la decisión. Por eso, cuando un camino político se disfraza de “técnica”, no deja de ser “política”. Sólo se vuelve menos transparente.

Gobernar implica ejercer el poder por medio de decisiones cuyo impacto público es evidente. Por eso, su dinámica se encuentra jurídicamente regulada en la Constitución y en el ordenamiento legal: los órganos y autoridades públicas sólo pueden actuar dentro de las competencias y atribuciones que éste les otorga expresamente. Se trata de una exigencia que no es secundaria, sino que es la piedra angular del Estado de Derecho y un límite indispensable frente al poder.

Ahora bien, la sola habilitación legal no agota la legitimidad de una decisión pública. Una medida puede encontrarse jurídicamente correcta y, aun así, ser cuestionada desde el punto de vista político, ético o humano. La ciudadanía no sólo evalúa si la autoridad actúa de una determinada manera, sino que -además- cómo lo hace, el momento en que se implementa y respecto de quién. En otras palabras, la técnica puede sustentar formalmente una decisión, pero no siempre alcanza para volverla legítima y comprensible a ojos de quienes reciben sus efectos.

Y aquí es donde aparece una dimensión frecuentemente subestimada en el ejercicio del poder: la empatía. Gobernar no consiste únicamente en aplicar normas de manera automática, sino que también de ponderar circunstancias, medir sus impactos y comprender que los efectos que producen se expresan en personas concretas, con trayectorias de vida diversas, fragilidades y contextos que no pueden ser tratados como simples variables abstractas. 

Consideraciones humanas

La tecnología hoy ayuda cada vez más a ordenar, sistematizar y entregar resultados. Sin embargo, ninguna lógica mecánica puede sustituir la actividad humana del discernimiento, la responsabilidad, la sensibilidad frente a la realidad ajena y la comprensión del contexto en el que se desarrollan los efectos de sus decisiones. Ante este inexorable avance, se hace imprescindible que la política reivindique su dimensión humana. 

Por eso, ante el desafío de tomar decisiones públicas sólo desde la asepsia y de la neutralidad técnica-legal o desde la perspectiva de las personas, lo cierto es que no se trata de tomar un camino u otro: lo que se debe evitar es, precisamente, el desbalance o la anulación de una en favor de otra. 

La técnica puede producir decisiones impecables en su forma, pero profundamente insensibles en sus efectos. La empatía sin técnica, por muy nobles que sean sus intenciones, puede abrir la puerta a decisiones erráticas o derechamente ilegales. El desafío actual de la política, del buen gobierno, existe -entonces- como una articulación que considere ambas dimensiones: legalidad en su estructura y humanidad en su ejercicio.

En un contexto en el que el avance de la tecnología hace, sin duda, que las máquinas se asemejen cada día más a quienes toman decisiones públicas, lo que se debe evitar es que estos dispositivos y artefactos se mimeticen con las personas que encabezan dichas determinaciones. 

La prudencia, el sentido de oportunidad y la consideración humana no son debilidades del poder. Muy por el contrario: constituyen una cara de su mejor versión. Porque por mucho que la política se vista de técnica, política se queda.

Nicolás del Solar Duarte

Decano Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales UTEM

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